“Traigo Campeón sin corona”, le dije a Zaratustra después de que abrió la puerta. ¿De qué me hablas, Zerón?

Zaratustra bromeaba. Sabía a qué me refería. Los últimos meses, junto a Raúl, ex boxeador, había deambulado por Tepito, la Guerrero y La Lagunilla en busca de recuerdos vivos sobre el boxeador Rodolfo Casanova. Quería descifrar la sombra que lo consumió. La película Campeón sin corona se inspiró en su rivalidad contra Joe Conde.

“Michelada, porrito y peliculita, ¡me encanta!” dijo Zaratustra al ponerse el sombrero. Compramos un six y la función comenzó. En menos de media hora interrumpió mi teléfono. Era Raúl. Jamás marcaba al medio día. ¿Qué pasó? pregunté. No sé qué hacer, respondió, mi amigo está muerto.

Raúl quería dejar de tomar. Le encantaba. “Es la adicción a la adrenalina, cuando le bajas a los golpes le subes a la bebida”, me decía. La noche anterior comenzó por unas chelas y se siguió. En la mañana cambió por jugo de naranja con jerez. No quería llegar a casa y ver a su mujer enojada así que pasó a casa del Pitufo, un amigo medio teporocho, con quien platicaba, bebía y jugaba cartas.

“Está frente a mí, en el suelo, sobre su silla, también tirada. Hay botellas de cervezas, supongo que habían otros, se les murió y se pelaron. Lo dejaron solo…” Algunas palabras las barría, en otras se quebraba. Por mis ojos, Zaratustra comprendió que debía parar la película.

Raúl había entrado a casa del Pitufo; un pequeño cuarto con cocina en un barrio donde en vez de puertas usan sábanas. Lo encontró tirado. Estaba frío y se veía azul. La boca semi abierta. Una mosca. Se sentó junto al cadáver y lo observó. Pensó en llamar a la policía pero se retractó, eran capaces de culparlo. Era su amigo. Le cerró los ojos. Tomó un mantel, le cubrió el rostro y salió de la casa. “Nos vemos mañana”, concluyó y colgamos.

La película se amargó. A la mañana siguiente vi a Raúl para entrenar box junto al monumento a los Niños Héroes. ¿Cómo te sientes?, le pregunté. Sus pupilas temblaron y se ocultaron. Pasaron unos segundos y me miró. En menos de diez, su cuerpo se compuso y resurgió. Para Raúl no hay knock out. Sabe que son diez segundos los que hacen de un guerrero, campeón.

Menos de un año después el teléfono de Raúl sonó. Era yo. Había encontrado a Zaratustra sentado, frío. En el cuarto solo quedaba su último aliento. Un olor que jamás olvidaré.