El maestro Antonio Nepomuceno González abrió el ojo a las seis sin ganas de dar clases. Eran casi veinte años de hacer lo mismo con los niños de sexto en la costa oaxaqueña.

Durante sus primeros años de profesor fue muy responsable; no faltaba y revisaba, con atención, cada tareas que le entregaban. Un verano pasó por el pueblo la coronada Reina del mole. El flechazo fue instantáneo y a los pocos meses, Toñito, venía en camino.

Antonio, mejor conocido como El Nepo, tuvo que comenzar a trabajar en un hotel para duplicar sus ingresos. Era abusado y cinco años después se había convertido en dueño del hotel. En temporada alta era rico pero en la baja vivía de lo que la escuela le pagaba. Esa mañana era temporada alta y el maestro Nepo no quería ver a sus alumnos.

Se reportó enfermo. Para evitarse la culpa de güevón salió a caminar por la playa. Estaba vacía. Fue hacia una pequeña bahía que conocía y dónde le gustaba refrescarse. Notó un bulto a lo lejos. Por un instante pensó era el cuerpo de una persona. Dudo en acercarse pero la curiosidad lo impulsó. Era un atún. Gigante. El más grande que El Nepo había visto. Había quedado varado. Extraño, no se veían atunes en esa playa. Pensó en regresarlo al mar pero el animal ya estaba moribundo.

Intentó cargarlo pero pesaba mucho. Lo arrastró dejando rastro sobre la arena. Al llegar al hotel el gerente se sorprendió. Le propuso hacer un ceviche y venderlo. “La suerte no se vende”, respondió El Nepo mientras buscaba un cuchillo con el que destripó al pescado.

Esa noche, El Nepo invitó a sus amigos. Era tanto que alcanzó para el desayuno, la merienda, otra cena y dos días más.