“Lo que sea, ¿me entiendes? Lo que sea, pregunta por mi en la plaza Santo Domingo y te lo consigo.” Dijo el muchacho con cejas depiladas, pantalones vaqueros, playera entallada, tez morena y una cicatriz cerca de la comisura de los labrios. ¿Por quién pregunto? remató Merlina. Pues por El Papi, así na´más, así me dicen. Merlina puso en duda si sus palabras serían ley.

A los pocos días tocaron violentamente la puerta de la oficina de Merlina. Era Mario, su amigo, desesperado. La noche anterior se había ido de fiesta. Había tomado cerveza, vino, whiski, vodka y rematado con unos “raquetazos” de cocaína. Cuando sintió que perdía el estilo dejó el bar y abordó el primer taxi que cruzó. En un alto, el taxista sacó una caja y le mostró a Mario el contenido. “Es original, una jandicam, Sony, de las buenas, me la regalaron pero mi hijo está enfermo y necesito la lana”.

Mario, que soñó ser director de cine, creyó ver una oportunidad. El taxista le dejaba la cámara “bara, bara” pero Mario no cargaba tanto dinero. Pararon en un cajero y el taxista le descontó el pago del servicio del viaje.

A la mañana siguiente la cruda era insoportable. Mario caminó al supermercado e intentó comprar un suero con tarjeta. No pasó. Entonces recordó que había vaciado su cuenta a cambio de una cámara. Regresó a casa y la inspeccionó. Era pirata.

Al terminar de cortar la historia, Mario mostró la cámara a Merlina. “Busquemos al Papi” dijo Merlina y se dirigieron a Santo Domingo. Nadie supo responder dónde estaba El Papi. Desilusionados, regresaron a la oficina. La cámara era más pirata de lo que creían. Sería difícil venderla. Otra vez, tocaron a la puerta. Era El Papi. Alguien los escuchó y le pasó el pitazo.

“Haremos una rifa entre la banda de Santo Domingo,” resolvió El Papi. Se quedaría con la cámara y la mostraría para vender los boletos. Sería precavido de que nadie se acercara mucho o la tocara para evitar cualquier “malentendido” sobre la originalidad del producto. “Pues si tú la viste,” respondería El Papi ante cualquier reclamo.

A la semana siguiente El Papi volvió a aparecer con una lista de los compradores. Había vendido la mitad de los boletos y la rifa sucedería hasta la próxima semana. El Guffy, el Fideo, el Pepino, el Pinocho y la Ximena, eran algunos de los nombres en la lista. El Papi se quedaría con una cuarta parte de las ganancias, Mario la mitad y el resto, “de propina pa mi fuguita”, su compañero que “cuidadosamente ayudó a engrapar la lista de los boletos vendidos”.

Quedaron de verse el siguiente miércoles en la oficina de Merlina para hacer la entrega del dinero. El Papi no llegó. Pasaron semanas. Lo buscaron en la plaza pero nadie sabía nada. Al mes apareció con un ojo golpeado y las manos vacías. ¿Qué pasó? Preguntó Merlina.

La rifa la había ganado El Batidor, un impresor de la plaza. La cámara ya estaba en su posesión y la usaba toda la familia. Después de anunciar al ganador, El Papi se dirigió a su casa pues planeaba arreglarse y salir por la noche a festejar. Su suegra lo esperaba junto con su esposa y su hijo. No lo dejaron entrar y le aventaron una silla por la ventana. Furioso, El Papi, trepó por la ventana y rompió el vidrio. Su sangre escurrió por la pared. Ellas llamaron a la policía y lo metieron a Santa Martita Acatitla. El dinero lo había usado para salir del bote. Juró pagarlo de regreso, lo trabajaría “bien, sin mañas ni robos” pero primero necesitaba que liberaran su oficina, la plaza Santo Domingo, que desde hace una semana era sede de un festival de reciclaje y “así no podemos trabajar”.

Mario no recupero la cámara ni el dinero. Esa noche, para olvidar, volvió a salir al mismo bar. Bebió como de costumbre y cuando pensó que empezaba a perder el estilo se fue. En vez de abordar un taxi prefirió caminar. En el camino recordó lo que le sucedió y pensó en escribirlo. No seré cineasta, pensó, igual y me convierto en escritor.