Sentada, recordaba cuando de pequeña su abuela la acomodaba sobre sus temblorosas rodillas y deteniéndola de los hombros le susurraba historias sobre lugares y personajes que cobraban vida en su cabeza. Aventura, fantasía, suspenso y mucha acción caracterizaban los cuentos de la abuela Serafina que nunca llegaban a un final. Eran narraciones interminables de imágenes barrocas y encadenamientos infinitos y eso, a Elena, le incomodaba.

¿Cuándo terminarás el cuento sobre  la hiedra maravillosa?, preguntaba Elena a su abuela parlanchina. Seguirá mientras exista la hiedra y sus personajes, respondía tiernamente y Elena quedaba en las mismas.

Al morir la abuela desaparecieron los cuentos, la hiedra y todos sus personajes. Ahora, casi veinte años después, el cuerpo de Elena descansaba junto a la ventana del tren. En su cabeza, desenterraba a los personajes muertos de la abuela e intentaba reacomodar las piezas de sus historias como el tren sin memoria, la hiedra maravillosa y el reino de Jauja.

Un pitido interrumpió su trabajo mental y el tren se detuvo drásticamente. Elena abrió los ojos. La rodeaba un territorio rocoso y desértico. Ella no se alteró pero otros pasajeros se mostraron inquietos y preguntones. “Estimados pasajeron, tenemos problemas con el abastecimiento de energía, tendremos que esperar” escuchó por el altavoz.

Elena supuso que la espera sería larga así que se acurrucó, cerró los ojos, ignoró el festival de quejas que la rodeaba, y permitió que la tranquilidad y la imaginación se apoderaran de su conciencia.

El silbato del tren volvió a sonar más alto y estridente. Elena respingó y con un salto se puso de pie. Después de unos segundos recuperó la consciencia. Un silencio la acompañaba. Aquellos que la rodeaban habían desaparecido. Desconcertada salió de la cabina donde viajaba, caminó por los pasillos, tocó en los baños, pasó por el restaurante y entró a la cocina. No encontró a nadie. Nerviosa, siguió caminando por el tren hasta que llegó al primer vagón.

La puerta estaba cerrada. Con un pasador con el que sujetaba su pelo logró botar el cerrojo y entró a la cabina. Un hombre viejo, con pinta de maquinista, roncaba intensamente. Sus barbas bailaban al ritmos de sus respiros. “Despierte que nos hemos quedado solos, ya no hay nadie en el tren,” gritaba Elena, pero el hombre la ignoraba.

Lo zarandeó, jaló, pellizco, le gritó al oido, intentó voltearlo pero el viejo no despertó.  Elena se sentó a su lado y suspiró. Entonces, notó la presencia de una hiedra pegajosa y trepadora que crecía por la pierna del viejo. La reconoció, era la hiedra de los cuentos de su abuela. La hiedra, le contaba, devoraba la memoria así que si no hacía un esfuerzo por recordar a los  tripulantes del tren no regresarían.

Elena se concentró y recordó al recolector de boletos,  a la vendedora de agua, al que se sentó junto que estornudaba, al niño caprichoso que no se callaba y a la señora que comía una torta dentro de su cabina. Entre más detalles evocaba, la hiedra se debilitaba, encogía y retractaba de la pierna del viejo.

Comenzó a escuchar algunas voces lejanas. Las voces de aquellos que Elena iba recordando. Entonces se acordó de las palabras del altavoz  y el hombre viejo despertó. Como si nada hubiese pasado, el viejo ignoró la presencia de Elena y prendió el motor del tren. El arranque fue brusco, Elena perdió el equilibrió y cayó.

El impacto la despertó. Aclaró la mirada y descubrió que seguía en la estación. Sentada junto a la ventana del vagón y rodeada de sonidos y movimiento de otros pasajeros. Un nuevo pitido sonó y el tren arrancó. Desde su asiento observó que en una barda crecía una hiedra.