“¿Puedes hacerle así?”. No respondo. No puedo. Mi cuerpo no es tan elástico. Solar ríe, inocente. Está sudado, acaba de bajar del cuadrilátero, y se sienta junto a mi en una banca. Nos rodean paredes decoradas con carteles de luchadores, unos en japonés, algunas fotos viejas y un mural de dos boxeadores. Estamos en el cuarto de atrás del gimnasio Nuevo Jordán, espacio de práctica para los luchadores libres.

“Llevo más de treinta años como luchador profesional” admite. Solar sigue activo y enseña sus pericias a jóvenes en ese mismo cuarto. Venía regresando de Japón y pocos días después se presentaría en Lagos de Moreno y Estados Unidos. “Me inicié cuando se iniciaron a luchar los independientes pero yo empecé en la arena Coliseo de Guadalajara. De ahí me fui a Monterrey, cuando empezó la división del norte, me vine y estuve en la división del norte y luego en la arena México, en la AAA, y ahora soy independiente.” Sin máscara, el sudor le escurre de la cara al cuerpo. Junto a mi es grande y fuerte. Tiene la figura de los antiguos luchadores cuyas fotos cuelgan alrededor, la que surge de la fuerza bruta y no de los laboratorios. “Si me hablan los de la Arena México con mucho gusto también voy, yo voy a donde sea, no tengo problemas con ninguna empresa, no tengo problemas con nadie, si me hablan yo voy a luchar porque soy independiente”.

Le pregunto por qué decidió ser un luchador independiente. “A lo mejor cuando empiezas, empiezas con una empresa. Te empiezan a dar publicidad. Ya después…” toma un respiro profundo, su cuerpo sigue agitado “pues como ya estuve en todas las empresas luchando para mi es mejor ser independiente porque casi inicié como independiente, cuando la división del norte, pues iba a luchar a donde quería. Por ejemplo, yo iba a la oficina y le decía al señor Flores, oiga quiero que me dé estas fechas, por ejemplo, dos martes, cuatro viernes, cuatro jueves y cuatro domingos; todo el mes. Entonces yo ya sabía dentro de dos meses dónde iba a luchar. Cuando eres o estás en una empresa, tu vas el lunes y miras la lista y ya ves lo que tienes en esa semana. A mi me ha gustado más bien manejarme por mi.”

Meses antes había observado a Solar en ese gimnasio. Lo veía arriba del cuadrilátero; preparando a un joven para su debut profesional, entrenaban mínimo tres veces a la semana y más de una hora por sesión, el joven, parecía salir derrotado. En las pesas del primer piso lo encontraba haciendo fuerza y en dos ocasiones, en la azotea, en calzoncillos rojos lo vi tomando un baño de sol. Habíamos cruzado algunas miradas con cortesía pero ese día me atreví y lo abordé con la palabra.

“¿Por qué empecé a luchar?” repite en voz alta. Tiende a repetir algunas palabras. Alrededor, algunos calientan corriendo rodeando el cuadrilátero, sus pasos retumban sobre la duela vieja, cada uno amenaza romper un tablón. “Yo creo, yo empecé…” su mirada viaja del cuadrilátero al sol que brota por la ventana. “Yo quería ser abogado. Yo soy de un rancho, de un rancho que se llama la Tahuayana, quería ser doctor, quería ser abogado, algo así. De Zacoalco de Torres para allá, para el rancho, son como unas diez horas a caballo. Yo trabajé desde muy niño en el campo, sé sembrar, escarbar, sé cosechar, sé cortar la lana a los borregos, sé ordeñar, todo lo que se hace en el campo; hacer carbón para el agua, sé hacer quiote, maguey, todo eso, eso es lo que hacía en el campo de niño. Nací en Zacoalco y ya después mis papás nos llevaron al rancho de mis abuelitos, Tahuayana, de muy niño como tres, cuatro años. Ya cuando regresamos a Zacoalco también fui merolico y en un establo ordeñaba con el que era presidente de Zacoalco en ese entonces. Luego, después, un hermano nos trajo a Guadalajara. En Guadalajara trabajaba en el mercado de abastos y trabajé también haciendo un templo en Santa Elena. Yo andaba pa todos lados con él. Yo era, soy muy tímido. Como era del rancho pues siempre he sido tímido y luego cuando llegamos a Guadalajara, mi primo nos sacaba, me llevaba a pasear y un día se sentó y me dijo oye primo, vamos a las luchas. Yo no sabía qué eran. Vimos la lucha. En ese entonces estaba luchando Solitario, el Ángel blanco, Roy Mendoza, y nos quedamos viendo los dos. Yo quiero ser luchador, le dije a mi primo, yo también, me respondió. Y fuimos a pedir informes en ese momento. Les dijimos que queríamos luchar para el domingo. Entonces nos dijeron, no mire, es que la lucha libre es como una carrera, tienes que estar entrenando. Pensábamos que era fácil. No, le digo, pero queremos luchar para el domingo. A ver, vente a entrenar y ya después despende como te veamos.

“Entonces fuimos a entrenar, yo amanecí con calentura, mi primo también, pero el primo no regresó como hasta el mes, dos meses. Yo seguí entrenando… seguí entrenando. Trabajaba haciendo el templo en Santa Elena de ocho de la mañana a seis de la tarde, terminaba de trabajar y luego me iba a entrenar. Seguí entrenando y así me hice luchador. Yo siempre he dicho que la lucha libre para mi ha sido amor a primera vista.”

Sus ojos veían los míos. Sentí ese extraño sentimiento que provoca el descubrimiento pues un luchador sin máscara devela una nueva magia. Para Solar luchar es su vida. La lucha le ha dado todo, la oportunidad de conocer a mucha gente y muchos países. Aparte de Japón ha visitado Estados Unidos, Guatemala, Canadá y “casi todo el mundo”.

“Yo quería ser luchador” continuó “yo no quería ser luchador técnico o luchador rudo; para mi era igual, lo mismo. Empecé a luchar con el nombre de Solar y el nombre pues como que se presta a técnico ¿no?, y como soy un poco técnico me quedé con ese nombre y así… Pero no que diga yo quiero ser luchador técnico no, no, no. Yo no sabía de lucha, ni sabía que existía, yo lo que quería ser era luchador. Y duré como cuatro años entrenando lucha olímpica con el Diablo Velasco y tuve muchas lastimaduras y todo, pero aquí estamos.

“La diferencia entre un rudo y un técnico es que un rudo si sube acá y se tropieza o quiere algo y no le sale, la gente le chifla pues ese es su papel, el que salga y diga algo como yo soy su padre. Yo soy un poco más pacífico, mi temperamento es más tranquilo pero hay luchadores rudos que son más técnicos que los técnicos, claro, por ejemplo, el Negro Navarro es un luchador rudo y es muy técnico, lucha muy bien.”

La voz también denota su corpulencia. No habla fuerte pero sí conciso. Puedo ver casi todo su cuerpo pues unos shorts sólo le cubren cierto porcentaje. Sonríe cuando termina de expresar una idea. Es moreno, de cabello corto, ojos cafés y labios gruesos. Detrás de la máscara del luchador hay un joven modesto y decidido.

“En México la lucha libre gusta porque es un deporte familiar, donde todo el público, la gente, puede ir a divertirse. Además es de México, por eso le gusta tanto al público mexicano y no sólo al público mexicano, yo creo que en el extranjero. Yo, por ejemplo, he ido más de 56 veces, por ahí a Japón, y al público le gusta mucho la lucha mexicana, les gustan los mexicanos. ¿Qué es lo que pasa? que dicen que los mexicanos se arrojan, son muy decididos, dicen que son como locos, crazys, son muy arriesgados y muy queridos porque dan todo cuando suben a un ring en cualquier parte del mundo.”

Solar ha dejado de sudar. Su cuerpo está repuesto del entrenamiento. Debajo del cuadrilátero abre unas compuertas y aparece una maleta con un cambio de ropa. Solar se disfraza de uno más. Un adulto y dos niños, se han subido al cuadrilátero y comienzan a practicar. Uno es pequeño, tiene cinco años. “Su sueño es ser luchador” me dice su madre que se sienta en la banca para vigilar y Solar y yo dejamos el cuarto pues la noche acecha y el sol es su presa.