El último año de la preparatoria, Ambrosio Deceno estaba seguro de que quería ser ingeniero físico. Al terminar la carrera, su única convicción era no seguir siéndolo. Durante la universidad la pasó bien pero no era la profesión que quería ejercer. En las prácticas se había encontrado con los peores jefes. Lo ponían a trabajar más de lo que su contrato indicaba y los colegas y compañeros de oficina eran cada día más aburridos. Sus vidas no le interesaban. Ambrosio no la pasaba tan mal pues era una persona a quien la vida le emocionaba y sabía resolver sus problemas. Era entusiasta y atlético. También popular.

Una mañana, no soportó más y le gritó a su jefa. Recibió una carta. Una invitación a no volver a formar parte de la que “había sido su empresa”. La carta también mencionaba la “importancia de reflexionar sobre los valores personales” y otra serie de comentarios sobre su “posible necesidad de buscar ayuda psiquiátrica para controlar los arranques indeseados de ira frente al resto de la sociedad”. Ambrosio reía mientras recordaba las palabras escritas, recogía sus cosas y se preparaba para celebrar su despido con una cerveza o cuba con amigos.

Pocos días después, Ambrosio recibió una llamada de su amigo Patricio. México acababa de entrar en uno de los peores trases de la década de los ochenta y un banco importante buscaba trabajadores en la sección enfocada a los clientes en apuros. A Ambrosio le sonó como una buena oportunidad.

Asistió una sesión con otros aspirantes. Fue seleccionado. Investigó un poco de economía para tendría que entrevistarse con los directores del banco.

En la mañana de la entrevista, Ambrosio decidió salir a pasear en bicicleta. En el camino, un camión de carga tiró una caja. Le calló encima. Ambrosio rodó como veinte metros hasta toparse con otro camión estacionado. El hule de las llantas lo salvaron de continuar rodando y ser atropellado por algún coche. Después del golpe, Ambrosio se percató de que se le hacía tarde, se levantó, limpió y regaló la bicicleta destrozada a unos mecánicos chismosos. En la entrevista todo salió bien.

A las pocas semanas, Ambrosio comenzó el trabajo que lo acompañaría por muchos años y le daría para vivir cómodamente con su familia. Cada año se hacía mejor. Algunos cursos en el extranjero le ayudaron a perfeccionarse. Se convirtió en el experto del banco en resolver los peores bretes financieros de los clientes.

Después de que sus hijos terminaran la licenciatura, Ambrosio comenzó a sentir un fuerte dolor de cabeza. Ignoró el dolor pero después de unas semanas visitó al médico. Se debía a una fractura de cráneo ignorada por años. Tendría que visitar al psiquiatra.

Sentía ansiedades de todo tipo. Por mucho tiempo había intentado resolver sus desequilibrios personales mediante introspección. Conocía el mundo esotérico, de energías y otras filosofías orientales. Un adivino le recomendó empezar una nueva vida en otra ciudad pero sus males empeoraron. Ni siquiera Mr. Price pudo darle un buen consejo.

Mr. Price era un gringo a quién Ambrosio había leído desde joven. Era su mejor consejero en cuanto a aprietos se refería. En alguna ocasión le escribió una carta que respondió. Atendió sus cursos. Fue reconocido como el mejor alumno. Cuando no sabía qué hacer, Ambrosio se encerraba en el baño y leía de su libreta lo que había apuntado como los mejores consejos. Gracias a Mr. Price, Ambrosio había podido hacer una fortuna.

Las pastillas que el psiquiatra recomendó eran la novedad. Muchos colegas las tomaban. Afectaban el sistema nervioso y al mismo tiempo evitaban el envejecimiento prematuro de las células. A Ambrosio eso no le importaba, lo que quería era dormir bien, regresar a velear, disfrutar y trabajar tranquilamente. Llegó a dudar de su profesión, y no querer seguir resolviendo dificultades ajenas. La pastilla ayudó y por varios años Ambrosio se relajó y retomó sus actividades de siempre.

La famosa pastilla comenzó a despertarlo por las noches. En vez de relajarlo, si no la tomaba lo convertía en un energúmeno. Se había convertido en una enemiga y Ambrosio quien se había mantenido alejado de los vicios se dio cuenta que era adicto a la pastilla.

Creyó que el causante de su adicción era el banco. Las crisis no se resolvían de la noche a la mañana y a Ambrosio le habían causado varias noches de insomnio. El banco aceptó cubrirle el tratamiento en una clínica especializada.

La clínica estaba en Texas. La familia, al enterarse, comentó: ¿ya te enteraste? ¿qué papá se va al manicomio?. Bueno, tendremos que irnos de vacaciones sin él.

El manicomio no era lo que esperaba. Le sorprendió. Escuchó historias terribles sobre adicciones. Aunque su adicción no era como la de otros internos llevaba el mismo estilo de terapia que los demás. Una tarde, reunieron a todos los pacientes en una sala porque se había escapado una mujer suicida y violenta. Durante la espera, un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, bigote de escoba y entradas de media cabeza se sentó junto a él. Y usted, ¿qué hace aquí? Le preguntó.

– Espero mientras buscan a la loca en nuestras habitaciones.- contestó Ambrosio.

– Me refiero a por qué lo metieron, ¿a qué es adicto?.

– A una medicina. Sus drogas legales, caras de principio a fin.

– ¿A qué te dedicas?

– Soy banquero, resuelvo los dramas de los demás.

A los pocos segundos sonó una alarma con la que los internos identificaron que algo sucedería. Las puertas se abrieron, un médico entró a la sala y ordenó: regresen a sus habitaciones y prosigan con sus rutinas, hemos localizado a la paciente.

Todos volvieron lentamente. Ambrosio y su interrogador cruzaron miradas y se apartaron. A los pocos días, volvió a sonar la alarma. El altavoz los reunió en la misma sala. Todos, hasta el más loco, supo que la suicida se había vuelto a escapar y volverían a registrar todo el sanatorio.

Ambrosio volvió a sentarse y al poco rato el personaje de bigote de escoba estaba sentado junto a él.

– Ya que parece que nuestra compañera ha encontrado un nuevo escondite podríamos aprovechar este tiempo y me puedes enseñar un poco sobre lo que haces. Susurró convencido el hombre.

– ¿Resolver crisis?- rió Ambrosio- no resuelvo las de ese tipo.

– No, no – respondió entusiasmado – sobre la banca y el dinero y cómo se mueven las finanzas.

– A eso no me dedico exactamente pero sé jugar.

Mientras le contaba, los ojos del hombre se iluminaban de interés. Ambrosio lo observó y se emocionó de que por unos minutos podía hablar con alguien “mas normal” y hasta enseñarle algo. Me encanta aprender sobre lo que me rodea, aseguraba el hombre.

Éste hombre no tenía apariencia de ser asesino ni adicto a la heroína o al crack así que Ambrosio pensó que si le explicaba las posibilidades de que le entendiera bien eran altas. Antes, Ambrosio había intentado acercarse a otros, extrañaba a los amigos, pero algunos no entendían bien lo que les decía y otros estaban demasiado locos para él. Su nombre era John. Johnny parecía interesarse mucho por lo que Melchor decía pues reaccionaba positivamente ante las palabras y los ejemplos. En algún momento formuló preguntas tan bien estructuradas que Ambrosio dedujo que podría ser abogado. Le explicó todo lo que creía era importante para que Johnny entendiera el mundo de la bolsa y las finanzas. Antes de terminar, la alarma sonó y los separaron.

Teresa, la interna suicida y violenta, padecía de un mal que interfería con el debido funcionamiento del manicomio pues cada vez que perdía el control se escondía y todos interrumpían actividades. Lo volvió a hacer y Ambrosio y Johnny se volvieron a juntar.

– Ahora si tengo todo listo. Hoy en la noche voy a probar todo lo que aprendí.- comenzó Johnny.

– ¿Cómo lo vas a probar?

– Tengo una conexión a internet escondida. Al registrarme no la encontraron y puedo jugar desde aquí.

– Me parece perfecto – dijo Ambrosio feliz- te voy a decir qué es lo que tenemos que hacer.

Ambrosio continuó explicando lo que sabía Johnny debería hacer. Por la época del año, sabía en qué lugares había que apostarle más para ganar. Johnny tomaba notas mentales para no olvidar ningún detalle que saliera de la boca de Ambrosio. Una vez más, la alarma interrumpió. Esa noche, Ambrosio recordó que se cumplían diez años de que le había caído un rayo veleando. No le pasó nada, sólo el velero tenía un hoyo en el fondo.

El resto de la semana Teresa se comportó. No se escondió ni intentó suicidarse frente a sus compañeros. Ambrosio, continuaba con su tratamiento y parecía que día a día se alejaba del dominio de la maldita medicina.

A las dos semanas Teresa lo volvió a hacer. Todos se reunieron en la sala. Ambrosio y Johnny se acercaron tan rápido se reconocieron.

-¡Eres un genio, resolviste mi crisis!- dijo Johnny emocionado- voy a recomendarte con todos mis conocidos.

– ¿Qué pasó? ¡qué bueno! ¿en qué terminó?- respondía emocionado. Pensaba con gusto que unos cuantos pesos no le caían mal a nadie y menos a un drogadicto en rehabilitación.

– Hice lo que me dijiste, compré unas acciones de aquí y de allá y vendí en cuanto me dijiste, ¡gané sesenta mil dólares!.

– ¡Que bueno! ¿qué vas a hacer con ese dinero?

– Compré un Ferrari, lo entregarán en el estacionamiento en la noche.

Mientras Johnny pronunciaba las palabras, de su cartera, sacó una foto de un Ferrari rojo cuidadosamente recortada. Ambrosio la observó y con una sonrisa lo felicitó.

– Mañana lo voy a estrenar, o más bien, lo vamos a estrenar.

A Ambrosio le encantó la idea. Tendrían que escaparse lo cual no sería tan difícil. La reja era baja y podrían saltarla. El auto ya los estaría esperando en el estacionamiento y regresarían cuando se les diera la gana, en fin, un poco de diversión no hace recaer a ninguno, pensó Ambrosio.

– A las cinco en punto te toco en tu puerta y nos vamos. Hará frio y es convertible así que lleva un suérter.

Ambrosio le explicó en qué puerta debía tocar. Por la noche se preparó y dejó la puerta entreabierta. A las 4.45 escuchó que alguien tocaba suavemente. Rápido saltó de la cama y se dirigió a abrir. Se encontró con un joven con pinta de gusto por las drogas intravenosas. Yo duermo con Johnny, expresó, me dijo que se iban a ir juntos pero él despertó más temprano y ya se fue.

Ambrosio regresó a su cama y recuperó el sueño. Al día siguiente Teresa volvió a hacer que sonara la alarma. En esta ocasión tuvieron que pasar muchas horas dentro de la sala pues se había suicidado. Durante ese rato, Ambrosio aprovechó para escuchar comentarios y preguntar por el hombre de bigote de escoba, Johnny. Un viejo le contó de su adicción: el juego. No era la primera vez que lo internaban.

Ambrosio terminó su tratamiento mientras Johnny no volvió. Regresó a casa con su familia, sus perros y las innumerables crisis que lo esperaban.