Despertó con un ligero dolor de cabeza. Crudo y su esposa hablando por teléfono. A los cincuenta y nueve el tequila no cae igual. La noche anterior, como todos los viernes, Marcelo había cenado con su entrañable Carlos. “En esta vida hay que comer caviar pero de vez en cuando echarse una quequita” aconsejaba Carlos mientras se clavaba en las nalgas de una mesera.

En los últimos cinco años Marcelo había hecho cambios. Pasaba poco tiempo en casa. Los treinta años de matrimonio lo aturdían. Comenzó a fumar puro, entrenar con pesas y a pintarse las canas. Su amante le aconsejó abandonar su casa y lo hizo. Se mudaron juntos. A los pocos meses las peleas eran insoportables. Marcelo extrañó las camisas recién almidonadas y ella, conoció a otro más joven. Regresó a casa y se compró un Corvette amarillo descapotable. Ten seconds to lift off, decía la publicidad que lo cautivó.

corvette

Se puso zapatos de golf y preparó un licuado con linaza. Cargó el saco con los palos hacia el jardín donde lo esperaba el Corvette cuando escuchó el timbre. Dejó la bolsa recargada junto a la llanta trasera, caminó a la puerta y gritó quién. Buscaban por él. Desde la mirilla observo dos hombres: uno alto, de buen aspecto y otro, más bajo, con lo que pensó era uniforme de chofer. Abrió.

– Buenos días- se presentó el hombre alto- disculpe que lo moleste antes de lo indicado pero quería ser el primero en llegar.

– Creo que está equivocado- respondió Marcelo confundido.

El hombre sacó un recorte de periódico y se lo enseñó. Marcelo lo tomó y leyó su nombre y dirección. Era un anuncio que ofrecía en venta su Corvette amarillo a partir de las diez de la mañana en su dirección, precio remate, pero la compra, decía, debía ser de contado. Se quedó boquiabierto. El hombre se mostró sorprendido y se disculpó, ofreció la mano y jaló a Marcelo hasta ponerlo de pecho en el suelo. El más pequeño le saltó encima y amarró las manos. Su gritó fue interrumpido por un trozo de cinta canela.

Entre los dos hombres lo levantaron y jalonearon dentro de la casa. Le quitaron las llaves del coche y lo amarraron a la tubería del cuarto de lavado. Siguieron la voz de la esposa que los llevó hasta el teléfono. Cortaron el cable. Ella colgó molesta y le gritó a Marcelo quejándose del pésimo servicio telefónico. Al no obtener respuesta salió de la habitación. El hombre alto la esperaba con un palo de golf entre manos. Al verla, la golpeó en la frente. Cayó y calló. La jalaron inconsciente hasta el clóset.

Media hora después volvió a sonar el timbre. El hombre vestido de chofer se hizo pasar por mayordomo y abrió. Era el primer comprador. El hombre alto lo recibió en el jardín haciéndose pasar por el dueño. Le presumió el auto y lo invitó a dar una vuelta. Él manejó. Al regresar, el hombre había quedado enamorado de las vestiduras de piel, la fuerza y su rendimiento en las curvas. Pasaron a la sala a hacer entrega del dinero y a firmar contrato pero terminó amarrado dentro de la tina del baño principal. Igual se lo hicieron a un abogado en la recámara de visitas,  a una pareja gay en el cuarto de servicio, a un policía retirado dejándolo desnudo en la recámara principal, a una viuda en la alacena, a dos amigos en la cocina y a un vendedor de seguros en el hall.

Cuando el reloj marcó las seis en punto, hora límite de compra según el anuncio de periódico, el hombre alto y su acompañante subieron al Corvette. Arrancaron el motor y dejaron la casa. Tres cuadras después frenaron en un teléfono público. Uno bajó y marcó a la policía. Anunció el encierro de once personas y su ubicación. Llegó la policía y encontró que Marcelo se había jaloneado de la cuerda hasta lastimarse y juraba venganza. La policía le ofreció asesorarlo para comprarse una camioneta blindada, negra, con asientos de piel y guarura incluido.