El Charrito

Mauricio me pasó el teléfono de Joyce. Con una mano marqué los ocho dígitos. Con la otra, crucé los dedos. Hace más de un año asisto a Mauricio en una investigación que culminará con la publicación de un libro sobre la vida del boxeador Rodolfo, El Chango, Casanova. Ídolo. Conquistó al público de la década de los treinta y defraudó al de los cuarenta. Dejó el cuadrilátero para perderse entre las cantinas. La afición lo castigó concediéndole el olvido.

El abuelo de Joyce fue El Charrito Espinoza. Comenzó como boxeador. Después se convirtió en promotor y finalmente fotógrafo profesional de boxeadores. Su archivo fotográfico cuenta con nueve mil negativos de diferentes formatos. Joyce contestó. Le pregunté si entre los negativos existían imágenes de Casanova. Si los hay, y acordamos un encuentro para revisar el material en casa de su tía en Chimalhuacán, donde resguardan el trabajo de su abuelo.

Sábado, diez de la mañana. Cité a Mauricio en Metro Insurgentes. La fatiga del viernes no me abandonaba. Bostezos frecuentes. Transbordamos a la línea 2 del Metrobús. A Joyce la encontraríamos en la estación Leyes de Reforma, vestiría de rosa. Me describí como mujer de cejas gruesas “casi azotadores” y a Mauricio como hombre joven de barba escandalosa. Rápidamente nos identificamos.

Joyce nunca conoció a su abuelo. Murió poco antes de que ella naciera, pero oyó sus historias, conoce su trabajo y de niña visitaba el que había sido su estudio fotográfico pues otros familiares lo mantenían activo. El Charrito comenzó su carrera de boxeador profesional en la década de los veinte. Peleó varios años antes de dedicarse por completo a su otra gran pasión: la fotografía. En su estudio fotográfico se encontraba con los boxeadores del momento. Eran sus amigos. Entrenaban cerca así que saliendo le hacían una visita, los fotografiaba y platicaban.

Al morir, el estudio y el archivo del Charrito los heredaron sus hijos. Joyce recuerda su infancia entre cámaras y retratos de boxeadores. También le apasiona el boxeo, lo heredó. Llegamos a Chimalhuacán y mi estómago gruñó. Pasamos por la panificadora. Chimalhuacán tiene atmósfera pueblerina aunque forma parte de la telaraña urbana.

Joyce nos guió por un callejón. Tocamos la puerta del fondo. Detrás se asomaban árboles de todos tamaños. “De chica recogíamos las ciruelas que caían”. Doña Cristina abre. Hace frío, se refugia bajo un gorrito y dos suéteres. Yo, tengo el pelo mojado y los labios morados.  El sol de otoño es caprichoso, solo calienta lo que toca.

En medio de la sala se encuentra una cámara fotográfica sobre una base de madera. Es análoga. El mundo digital no ha llegado a ese lugar. “Así era la de mi padre, esta es una reproducción” afirma doña Cristina. La cámara funciona y ella mantiene la tradición. Todavía pasan vecinos y ella los retrata.

El primer estudio fotográfico de su padre estaba en la calle de La Palma, después lo mudó a Bolivar, Centro Histórico. Doña Cristina pasaba todo el tiempo ahí. Creció entre boxeadores. Cuando lo cerraron, ella se quedó con equipo y archivo. La última vez que caminó por Bolivar, lloró. Lo que fue el estudio es ahora una tienda de instrumentos musicales.

Después de casarse se mudó a Chimalhuacán. Lleva casi cuarenta y cinco años viviendo en esa casa rodeada de árboles frutales. Debajo de un cerrito cercano, nos cuenta, hay una pirámide. Cuando llegó, los niños jugaban allí. Ahora cobran la entrada. Su esposo murió. Sus hijos y nietos son vecinos. En una esquina de la casa guarda su retrato con una veladora encendida. Nos invita a sentamos. Entre los cuadros hay un diploma con la foto de su padre emitido por la Comisión Nacional de Box. También cuelgan otros retratos familiares. “Son miles de negativos, ¿a qué boxeador quieren ver? Aquí están todos” y abandona la habitación.

Doña Cristina regresa a la sala sonriendo. Carga una cajita de cartón y un fajo de hojas envueltas en plástico. Es el índice del archivo con los nombres de cientos de boxeadores cuya existencia se encuentra congelada en celulosa, aquellos que con sus puños y sueños cimentaron la historia del boxeo mexicano. Mueve suavemente una silla y se acomoda frente a nosotros. Vuelve a pararse, jala una lámpara y la conecta junto a Mauricio. “Con ésta podremos ver mejor los negativos”, y de la caja saca varios de medio formato.

“Aquí está Casanova.” Mauricio y yo acercamos los negativos a la luz. Nos acerca una lupa. Reconozco sus ojos rasgados, facciones fuertes, sonrisa sincera y cabello rizado; medio despeinado. Por primera vez veo a Casanova en el gimnasio, entrenado, con su promotor Jimmy Fitten, subiendo al cuadrilátero, peleando y bebiendo en una cantina una cerveza Carta Blanca, levantándola como si fuese su trofeo. Ese maldito vicio, su peor delirio, origen del derrumbe del ídolo.

Nos pide que revisemos la lista para que busque los negativos. Todos están etiquetados en puño y letra del Charrito. Las cajas de cartón que los guardan se desarticulan. Algunos negativos se están echando a perder pero ni los años pueden contra la resistencia de esos boxeadores. Doña Cristina entra y sale cargando las cajas. Cada una resguarda la memoria de una vida.

“No quiero que andes de novia con ningún boxeador” le decía su padre a doña Cristina pues sabía de casos en que boxeadores habían golpeado a sus esposas. “También porque algunos terminan muy borrachos”, recuerda y ríe. Mantequilla era muy amigo de su padre. Siempre bebían. “¿Qué haces con mantequilla?”, preguntaba la joven Cristina, “Me está diciendo cómo dicen los números en Cuba” respondía pero ella sabía lo que hacían.

Mientras vemos más imágenes hablamos sobre los boxeadores y sus adicciones. Su gusto por la botella. Vicio en el que muchos caen y del que pocos salen ilesos. También de “los amigos”, los interesados que llegan con la gloria y se van con el fracaso. La afición traicionera que un día ama a uno y el otro día al otro. Rubén, mi entrenador de boxeo, decía que los pugilistas desarrollan una adicción a la adrenalina, a estar arriba. Cuando desaparece, la reponen con la bebida. Fray Nano, mítico cronista de boxeo para La Afición, decía que el defecto de los boxeadores es que su cabeza, que aguanta golpes, no puede aguantar el éxito. Doña Cristina concluye: “aquél que no ha tenido nada, cuando lo tiene todo, se vuelve loco.”

A algunos negativos los acompañan sus positivas: fotografías impresas. Aparte del boxeo, El Charrito fotografió luchadores libres. Lo hizo durante los veinte y treinta. Ese archivo lo vendieron hace algunos años a un aficionado. El Charrito publicaba imágenes en varios de los periódicos más destacados de esos años pero su legado, como el de muchos de sus fotografiados, han quedado ignorados.

En un retrato, un campeón carga su moño, antiguo cinturón de victoria. “Primero les daban moños, luego ya les hacían unas placas” interrumpe doña Cristina. Detengo la foto. Los cuatro la observamos. “Los de pesos gallo tenían un gallo, los de pluma una pluma. A mi me ponían a limpiarlos y sacarles brillo antes de tomarles la foto, no eran de oro…”

La puerta se abre y entra uno de sus hijos con muletas y el tobillo enyesado. Prende un cigarro. Joyce y doña Cristina lo acompañan con otro. Su hijo hace trabajos de albañilería pero se lastimó jugando futbol después de agarrar la fiesta. Su otro hijo fue atleta. En un pasillo lucen los trofeos, hay más de una decena.

“¿Les alcanza el tiempo?” pregunta doña Cristina que sale y regresa cargando un álbum de apariencia muy vieja. Era el registro personal de su padre donde documentó con fotografías y recortes su vida como boxeador. En las páginas está su vida con fechas exactas, lugares y peleadores a quién se enfrentó. Era joven, con 46 kilos ganó a Ignacio Flores por decisión dividida, escribió y anexó la imagen del combate. Entonces, entrar a la una pelea costaba 25 centavos. El Charrito se enfrentó en más de veinte peleas como profesional. “Se retiró cuando todavía no estaba loco”, bromea doña Cristina. Continuamos hojeando el álbum. Es difícil pues algunas hojas se están separando y rompiendo. Era un enamorado del boxeo y los instantes.

Doña Cristina señala los ojos de su padre en una imagen. Le encantaban sus ojos. Una amiga suya, de pequeñas, cada vez que veía un retrato de su padre que estaba junto a la chimenea, suspiraba y le decía, ay, ¿por qué ya no hacen hombres como tu papá?. Era muy divertido, recuerda. En el velorio de Kid Rapidez encontró unos trozos de coco. Comenzó por probar uno y luego otro. Una chica se le acercó, “oiga señor Espinoza, se está comiendo la ofrenda de la virgen de la caridad.” Y su padre se puso rojo. A doña Cristina le divierte mucho esa historia.

Vivió rodeada de peleadores y sus historias que en pocas palabras nos intenta comunicar. Ahora ya casi no ve las peleas pues “antes boxeaban, ahora, suben a hacerse patos.” Del álbum cae una hoja gruesa blanca. Una invitación, “para la ceremonia donde dan los campanazos por los boxeadores que han muerto”. Diez campanas, knock out. Y cerramos el álbum.

Al salir cruzamos por sus plantas suculentas. Una dentro de una hoya gigante me gustó. Su cuñada hace tacos de guisado, la hoya se quemó y se la regaló. Nos paseó entre los arboles frutales. El limón estaba repleto y del suelo llenó una bolsa. Dulces, jugosos, sin semillas. Nos los regaló. Su casa es un rincón dónde héroes que creíamos muertos siguen vivos.