Pintura de Jem Ward
Pintura de Jem Ward de la pelea entre Thomas Sayers y John C. Heenan en 1860.

En los parques, cientos de pieles pálidas se asoleaban y jugueteaban tratando de seducir los pocos rayos de sol que al año la visitan. Esos días la ciudad de Cambridge se había tornado cálida, floreada y asoleada; situación inusual. El clima evocaba actividad y se me antojó entrenar box. “Seguro que en esta ciudad lo practican, si es la nación que le fijó las reglas.” Seguro, me respondió Mariano, no sé dónde pero pregunta en el gimnasio de la universidad. Monté su bici, me recordó que pusiera atención en circular del lado izquierdo. Luego de tres señalizaciones, que me llevarían por el camino adecuado, comencé a rodar.

Acapararon mi atención las flores de cerezo y rápidamente me vi transitando por el lado incorrecto. En dos ocasiones tomé la calle equivocada pues el gimnasio se esconde dentro de un edificio que aparenta ser habitacional. Amarré la bicicleta siguiendo los pasos que el matemático Mariano había especificado. Una recepcionista, que claramente no ejercita en el lugar, confirmó que ahí entrenan box y esa tarde era la indicada pues el entrenador llegaría en media hora. Tomé su consejo de salir a pedalear en vez de sentarme a esperar pero la curiosidad me enredó y me perdí en las uniformadas calles y en los revoltosos callejones. Para cuando logré regresar había pasado casi una hora. Más ansiosa por mi retraso que yo, la recepcionista accionó sus colosales caderas y me guió hasta la puerta que debería cruzar. Me sorprendieron veintiséis hombres, dos mujeres, un entrenador y un asistente, todos practicando sombra. Mi presencia interrumpió la concentración y el entrenador se acercó “if you want to train we’ll be here for more than an hour” me dio la espalda y caminó al centro del gimnasio pues el round había terminado.

Pedaleé tanto que sentí que volé. Prensé guantes, vendas y regresé. Seguían; unos pegaban, otros se defendían. Noté que los entrenadores no vendan a los alumnos, costumbre chilanga y de los gimnasios que frecuento, así como que tampoco utilizan vendas de algodón. Así que me senté y puse a prueba mi memoria y las lecciones de Miguel Ángel, mi entrenador tapatío, que casi saca el fuete cuando vio que no sabía vendarme “¡Ay chilaquil! pues ¿qué te enseñan en ese pinche rancho de concreto? Si así no se venda” y me enseñó. Vendarme me tomó el tiempo de un asalto y su descanso: cuatro minutos. El principio y final de cada round los marcaba una chicharra proveniente de un reloj de pared sonido que difiere del cronómetro de mano y la voz, característicos del entrenamiento mexicano. Comencé por calentar, de ahí me fui al costal, luego hice un poco de pera y terminé con circuitos de fuerza. Nos puso en parejas. Mi compañero, un güero que parecía más jugador de rugby que boxeador, me contaba cuántas repeticiones lograba por ejercicio. Al terminar, en voz alta, el entrenador me preguntó cuántas lagartijas había hecho, ante mi raquítica respuesta, rió y yo sonrojé. Los alumnos pagaron tres libras por la clase, intenté hacerlo pero se me negó.

Esa tarde entrené con el equipo de box de la Universidad de Cambridge. Cada año, desde 1896, exceptuando los de la segunda guerra mundial, se enfrentan contra Oxford, su principal rival. A nivel amateur es uno de los deportes más populares de la universidad después de remo y rugby. Pregunté si algún alumno se había convertido en profesional, “guys here have brains, they´re not gonna fuck them”, respondió. Por ser final de semestre y exámenes el siguiente entrenamiento sería hasta la próxima semana así que me recomendó entrenar en la capital, corazón del reino pirata, lecho del Támesis y destino de cientos de inmigrantes que sueñan con progresar ahí para regresar a su patria la riqueza que algún día les quitaron: Londres.

El sol volvió a saludar al hemisferio norte y me preparé para abordar el tren en la estación de Cambridge con rumbo a Kings Cross en Londres. La ventana enmarcaba el pasto verde brillante que sólo he visto en el campo inglés, los sembradíos amarillos por las flores de canola y el cielo agrisado, esencial en la paleta de colores de la isla. La composición mantuvo mi pupila cautiva hasta que incliné la frente en el vidrio y soñé un ratito. Al despertar noté que en la ventana había dejado una lágrima embarrada parte por el descanso y parte por el agrio olor que despedía el sanitario.

En tierra firme la tripa me rugió y me acomodé unas papas aderezadas con vinagre de malta y sal, sabor que para mi no tiene igual. Miré el mapa del tube e identifiqué la ruta que debería tomar. Ya montada en el vagón escuché que la siguiente parada era London Bridge y aunque no era mi destino, me bajé. Caminé a la mitad del puente, famoso por la canción, y me asomé a ver el Támesis, el cauce que carga y la ciudad que embruja, la luz que medita y la fuerza que comparte. Nací y luego, a los doce años, viví en esa isla y recuerdo ese color turbio. Entonces tenía una amiga llamada Helena que me invitaba a su casa a la orilla de ese mismo río. Nos metíamos en kayak, jugábamos carreritas con las olas y buscábamos peces muertos que agarrábamos y sacábamos para examinar. Montadas en nuestros valientes navíos nos enfrentábamos al enemigo: barcos de turistas asiáticos armados con cámaras, en vez de espadas, que producían olas que casi nos tiraban. Nunca volví a saber de Helena pero añoro cuando por las noches, en el internado, tocaba mi puerta pues tenía insomnio y según decía, lo único que le ayudaba era comer dulces mexicanos pues había escuchado a alguien decir que el chile tenía propiedades curativas. Dejó de pedirlos la noche que un chicloso le arrancó una muela.

Salí en la estación correcta y caminé por la calle de Hércules segura de que guiaría mi instinto. Vi a un joven cargando una maleta, claramente venía de ejercitarse. Le pregunté por el gimnasio y me confirmó que iba en el camino correcto. Pasando un café, en un rincón donde se juntan la calle, el café, y el puente de una avenida, detrás de unos botes de basura y con el pavimento pintado de no parking, casi escondida, se encuentra una puerta de madera negra, algo maltratada cuyo letrero en la parte superir dice: Fitzroy Lodge, amateur boxing club. Established since 1908. Abrí la puerta y un hombre trepado en una soga, otro que pegaba al costal y dos que saltaban la cuerda voltearon con cara de querer chismear. Se acercó Mark, encargado y boxeador, le dije que quería entrenar. Me alisté en el baño de la oficina pues los hombres usan el vestidor principal y descubrí que mi atención, cómplice entrañable del olvido, había dejado las vendas. Para cuando salí de cambiarme Mark ya estaba emocionado, ideando que regresara en la tarde para pelear contra otra chica pero al responderle mi peso, se desalentó. Superada la imposible pelea, me explicó cómo llegar a una farmacia para comprar vendas nuevas pues las que tenía para prestarme apestaban y “trust me, don´t use them” agregó. “Run, so you warm up” y aunque visité dos farmacias fui víctima de la tecnología pues solo tenían vendas elásticas y esas aprietan la mano, la casi gangrenan y así no se boxea.

Entré agitada a comunicarle a Mark que había fallado en la misión y antes de obtener respuesta un hombre, con un acento tupido, interrumpió “whanna use mine? They’re wet, I’ve just used them but I’ve finished training.” Accedí y el hombre alto, de tez blanca, muy blanca, rapado y con acento irlandés fue por ellas y me vendó. Comencé a calentar, entraron nuevos pugilistas, uno mayor de sesenta años, le sonreí pues así me gustaría ser cuando llegue ese día. Continué con sombra, me puse unos guantes del gimnasio y me dirigí al costal. Durante el descanso entre round y round observé al hombre que me había prestado sus vendas sentado al fondo del gimnasio rectangular, traía puestos unos lentes y leía algo en su celular. Me intrigó que usara lentes, pues parecía ser boxeador, siempre pienso en la perversidad que existe en la relación: ojos, mente, lentes y box. Volvió a comenzar el round y yo a practicar unos ganchos, rectos y jabs. Sentí una sombra ajena, era él. Sin lentes, se puso a mi lado y dijo “hit”. Pegué. Rió, pese a mis dos años de entrenamiento volví a sentirme primeriza. “Not like tha’ Like this” y movió el cuerpo, los brazos y comenzó a defenderse. Agarró unos guantes con manopla, señaló el cuadrilátero, subimos y chocamos guantes.

Primero lanzamos unos golpes de técnica para entrar en calor, en el tercer round nos fuimos directo al esparrin. En el descanso se presentó como Peter, Peter McDonagh. Peter vive en Surrey, es boxeador profesional, casi diario viaja a Londres y algunos días entrena en ese gimnasio. Es irlandés, de joven, sus padres se separaron y él, para no estar en las calles y terminar arrestado, comenzó a entrenar. Un día lo acusaron de homicidio y pasó varios años en la cárcel “in one of the toughest.” Durante ese tiempo continuó entrenando y al salir comenzó su carrera como profesional. ¿Y sí lo mataste?, le pregunté entre round y round. “Do you see the face of a murdered?”

Empezamos un nuevo round. Tenía que cerrar la guardia, moverme hasta bailar, defenderme arriba, abajo y boxear. Era lo que Peter me quería enseñar. Cuidar la cabeza y el cuerpo pues en la cabeza está todo y hay que saberla defender y en dos segundos de desconcentración dos derechazos atravesaron mi guardia para empotrarse en mi cara. Salvada por la chicharra del descanso le pregunté si alguna vez lo habían noqueado. Nunca, se santiguó y saltó del ring a tocar una barra de madera.

“Relax, box is about being relax, think!”, y me rodeaba esperando que lograra conectarle un golpe. Boxear es bailar, mientras más relajado estás, mejor saldrá. Hay que practicar el ataque sin olvidar que éste nace de la mente. Es un proceso que se trabaja poco a poco, como el baile, y parte de la técnica es saber cómo acentuar los golpes pues los que no se ven serán los más efectivos y boxear es pensar, bailar y golpear, con todo eso se teje una estrategia y bailar es sinónimo de tejer. Terminé el round como toalla recién soltada, el enfrentamiento concluyó y Peter me preguntó “Are you catholic?”

En el gimnasio quedábamos Mark, Peter y yo, casi era hora del cierre de medio día. Afuera de los vestidores la pared está tapizada de fotos con los entrenadores legendarios del gimnasio: Mick Carney, Steve Hiser, Tomy Burns y Mickey May. Steve Hiser entrenó a Peter. Algunas fotos de David Haye también decoran pues es otro de los grandes que se han formado ahí. Platicamos sobre boxeo, tequila, Shavez, Márquez y el ginger boy, para los mexicanos, el canelo. “He looks more Irish than me” agregó Peter, “they call me the irish mexican because of my skills, the way I move, my guard and my skin, its very hard, never bleed easily.” Mark no me permitió pagar pues era la primera mujer mexicana que con él se había presentado queriendo entrenar y Peter me regaló sus vendas. Salimos los tres a la luz y la puerta de aquel jonuco debajo del puente cerró.

“You know James Bond? The last film. Have you seen the MI5 building? Where all the inteligence is?” Respondí que no y Peter me dirigió hacia el metro próximo al edificio. Caminamos junto al Támesis, del otro lado, el Big Ben sonó para marcar las cuatro y Peter sincronizó su reloj; tenía el mismo que James Bond, que funciona al contacto con el cuerpo por lo que al quitárselo para entrenar había perdido la hora exacta. “I ‘ve only seen a part of the film, where they blow that bridge (lo señaló) and the MI5 building.” Y me contó sobre Laura, una novia mexicana que tuvo, a la que conoció en Canadá, y le encantaban el tequila y el sexo.

Llegamos al MI5, “they are two years ahead of us, you know?… Oh! And that’s Robie William´s appartment.” Pude reconocer el edificio pero me sorprendió más el departamento del cantante. Continuamos al tube, él tenía que tomar un tren a Surrey “where all the Chelsea team lives” y dónde vive con sus dos hijas. Hace unos años vivió en Londres y aunque viaja casi diario a la capital confía en que allá ellas tendrán mejor educación, “I don´t have any brains, so I want to give them brains, one is six and is already very clever.” Y nos despedimos. Me cuesta trabajo despedirme de gente cuya cultura no acostumbre usar el beso, después de estrechar la mano siento que faltó algo.

Con horas para mi partida de regreso me dirigí al otro lado del Támesis, al lado este, donde se encuentra desde 1884 el Repton boys club. “It’s boys only, can´t you read?” y me aparté de la puerta para que el reclamante, un niño, con guantes, shorts y medio pecoso se me atravesara, empujó la puerta y entró. Un entrenador me permitió el paso pero advirtiendo que solo hombres entrenan pues no tienen vestidores para mujeres. Esa tarde entrenaban niños, decenas de ellos entre ocho y trece años, aunque soy mala para calcular edades. En el salón principal habían costales, peras y un cuadrilátero al centro donde se enfrentaban dos, otros desde abajo observaban y esperaban ansiosos su turno para subir a pelear. Cuelgan fotografías, carteles de peleas y recortes viejos de personalidades del boxeo y de ese gimnasio, también cuelgan banderas de distintas naciones. No recuerdo bien pero en un muro se leía algo como: no guts, no box. Desde el cuarto de la recepción, se escuchaban los golpes y el esfuerzo de cada uno y todos a la vez. Entre los varios cuadros que colgaban, y un mural de dos boxeadores en la pared principal, uno llamó mi atención, era la oración del Rapton boys club que dice:

 

When Things go wrong as they sometimes
will,
When the road you’re trudging
seems all up hill,
When the funds are low and the debts
are high,
And you want to smile, but you have
to sigh,
When care is pressing you down a bit,
Rest, if you must, but don´t quit.
Life is queer with its twits and turns,
As everyone of us sometimes learns,
And many a failure turns about
When he might have won had he stuck it out:
Don´t give up though the pace seems
slow-
You may suceed with another blow,
Success is failure turned inside out-
The silver tint of the clouds of doubt,
And you never can tell how close you
are,
It may be near when it seems so far;
So stick to the light when you’re hardest hit-
It’s when things seem worst that you
must not quit.

Dejé que la calle me llevara y enseñara sus graffitis hasta que se escondió el sol, abordé el tren y regresé a Cambridge. En el camino pensé en Peter, su esfuerzo por dar lo que el no recibió, y recordé que el día en que había llegado a la isla, visité a David, quién en su comedor me dijo que en su país “It’s all about a cause”. Supongo que eso es lo que hace a ese reino, unido. Ahora, lejos de la isla, cuando entreno me pongo las vendas que me regalo Peter y me pregunto: hoy, ¿por qué peleo?.