Marco Antonio Peribán

 

Bajo los reflectores del Four Points Sheraton Hotel de San Diego, California, dos pugilistas suben al cuadrilátero para enfrentarse en lo que expertos pronostican como una pelea difícil. En la esquina azul, con pantaloncillos negros con blanco, acompañado por Roger Mayweather, con un peso de 168 libras, récord perfecto de diez victorias y seis ganadas por knock out, el entonces invicto Dion Savage Jr de Flint, Michigan, se quita la capa e imagina su victoria. Su contrincante en la esquina roja, vestido con la bandera de México, verde, blanco y rojo, con 169 libras, record perfecto de diez victorias y siete ganadas por knock out es el mexicano Marco Antonio Peribán. El réferi los llama al centro del cuadrilátero para el ritual de costumbre, los pugilistas chocan guantes y el combate pactado a ocho asaltos se empieza a cocinar. En el segundo treinta y tres del primer asalto Peribán lanza un severo derechazo a la mandíbula de Savage Jr; éste cae, se levanta esmirriado, furioso, el réferi empieza a contar, busca su mirada, le pide dar un paso adelante pero no percibe respuesta. Diez segundos después, por la vía del knock out, Peribán había vuelto a despojar a otro contrincante del adjetivo invicto.

Peribán es un buen ejemplo de que “la técnica hace al maestro” me dijo un entrenador de boxeo cuando me quejaba de repetir los mismos movimientos una y otra vez, “en el sparring lo agradecerás pues cuando te enfrentas a un rival, el que tenga la mejor escuela, será el mejor”. Peribán, como a Savage Jr., ha noqueado a otros tres boxeadores durante el primer asalto. Platicando sobre la forma de boxear del primero mencionó que entrena en el Nuevo Jordán; lo voy a buscar, pensé. Me lo describieron como alto de ojos verdes y en mi siguiente visita lo investigué, lo confundí con otro güero. “No es viejo, tiene veinte y pico años”, con esa información seguí buscando. Los chismes del gimnasio reseñaron que es hermano de Guadalupe Peribán, campeona del Guantes de Oro y seleccionada del Comité Olímpico, con ella empezó a boxear. A los trece años fue campeón de una Olimpiada Nacional, formó parte del equipo A del comité Olímpico por ocho años y participó en cuatro mundiales, tres panamericanos y dos centroamericanos. Sostuvo ciento cincuenta peleas como amateur, de ésas sólo treinta fueron en México. Hoy pelea tanto en territorio azteca como en el gabacho y es considerado uno de los favoritos entre su categoría a nivel mundial.

Llegó el viernes y decidí, acto insólito, ir a entrenar por la noche. Entré al Nuevo Jordán y lo encontré vacío. El único entrenador presente, al ver mi sorpresa, sin decir una palabra me indicó que lo siguiera hasta la azotea donde me encontré con una parvada de boxeadores que festejaban. Vi a Giovanni, El Ruso, Caro y le pregunté por Peribán. Es él, respondió y me lo presentó. Su altura me intimidó y pensé éste no puede ser pues no parece peleador, le falta la nariz achatada de boxeador, parecería que nunca lo han golpeado.

Una semanas después nos volvimos a encontrar en un centro comercial. Nos sentamos en un restaurante, él pidió una conga y yo una michelada. Platicamos un rato, no pude evitar preguntarle sobre su encuentro con Savage Jr. “…en esa pelea lo que me sacó fue llegar y verlo con esa prepotencia que me estaba mostrando, que me hacía menos. Se me quedaba viendo diciendo así como: este güey ¿qué? ¿Viene a aprender box conmigo?

“Llegaron al pesaje en limusina, de traje, se quiso lucir. Sólo le dije: te veo en el ring. La pelea acabó tan rápido que ni él se la creía. Después me estaba pidiendo revancha y le dije: okey vamos a hacer la revancha pero aquí en México, si yo te gano tú me das todo tu sueldo y si tú me ganas yo te doy todo mi sueldo ¿te parece la idea? ¿hacemos la pelea? Jamás respondió.”

Ha invertido años en entrenamiento, sacrificado tiempo con su familia, pagado gimnasios, equipo, transportes, vitaminas, dietas y preparadores físicos. Primero como amateur y luego como profesional son pocos los que logran una carrera con tan buena escuela y sin tener que dedicarse a algo más. “El boxeo te absorbe, es una onda muy padre. La gente se imagina que es ir a tirar golpes a lo loco pero es aprender a pelear. No saben que es una disciplina muy grande que abarca todos los demás aspectos de tu vida”. En el mundial de 2007 conoció a Shelly Finkel, manager de Mike Tyson, Víctor Ortiz, Manny Pacquiao y Evander Holyfield, entre otros. A Shelly le gustó su forma de pelear y lo firmó por cinco años con Golden Boy la promotora de Oscar de la Hoya. Unos meses después hizo su debut como profesional noqueando a su adversario en el tercer asalto.

Es un peleador con escuela, hace lo que se debe hacer: piensa y ejecuta. Desde joven trabaja sus fortalezas: velocidad y pegada. La mayoría de los peleadores en su peso son lentos y trabajan más la fuerza; él combina la mente, la movilidad y la velocidad con explosividad. Así como algunos peleadores se impulsan desde el coraje, otros lo hacen desde la razón. Los ganadores son quienes saben combinar un poco de los dos.

La técnica, me platica, es también aprender a separar y resolver los problemas de arriba y abajo del cuadrilátero. Durante una pelea en el Oasis Hotel en Cancún, Quintana Roo, Marco Antonio tubo un conflicto antes de empezar la contienda. Lo tumbaron durante el primer asalto pues “golpeaba con coraje y acordándome de esa onda.” Durante el descanso alejó sus problemas del trabajo y los bajó del cuadrilátero, se concentró en boxear y en el siguiente asalto noqueó a su contrincante. “Muchos dicen que te enojas y sacas más coraje, al contrario, te enojas y te trabas y ya no haces nada bien.

“Antes de salir a pelear en el vestidor a solas, pongo música, un poco de hip hop y me mentalizo con el rival enfrente, cómo es su físico y su forma de cómo va a pelear. Viendo más o menos que combinaciones voy a trabajar, hago una estrategia mental para no llegar a ciegas con el rival, no ser un blanco total sino estar manteniéndome, enfocándome como va a pelear y qué es lo que puedo hacer para contrarrestarlo, moverme y hacerlo de lado. De ahí en adelante lo acoplo con lo que voy sintiendo del rival. Me concentro y  me encomiendo a Dios, que me cuide y yo hago lo demás. Tratar de ponerme una paz mental y subir bien, concentrado a la pelea.”

Terminamos las bebidas y cada quién siguió su camino. Fue un encuentro corto, suertudo e ilustrativo. Recordé la importancia de perseverar y trabajar por un objetivo particular. Pensé en los peleadores que sin escuela suben al ring y golpean. En boxeo, como en otras muchas profesiones hay buitres que buscan sangre fresca, promotores y entrenadores que crean pugilistas de la nada, a los que pagan poco y de los que sacan mucho. Peleadores sin escuela que no saben lo que es defenderse y tirar buenas combinaciones, que se lastiman, guerreros aguerridos que ganan a base de fuerza y rudeza, de pantalones bien puestos. Eso funciona cuando las peleas son a cuatro, seis u ocho rounds pero cuando el enfrentamiento llega a las grandes ligas de diez y doce el púgil debe saber pensar, tener disciplina, técnica y ejecutarla en todos los aspectos de su vida pues arriba, cuando se quiere llegar a la cima, casi siempre gana el que conoce y se conoce mejor, el que domina la técnica, el que entrena y mentalmente dibuja su contienda. Pues no aventaja ni vence el más enojado sino el mejor controlado.