La oficina del City Clerk de la ciudad de Nueva York abre sus puertas a las 8:30 de la mañana. En la calle, varios aguardan ansiosos. Unos visten de gala, otros en fachas. Sin importar su complexión o figura todos enseñan carne pues el sol está que arde. Una pareja se toma de la mano y entra. Se deslumbra pues la oficina brilla.  El piso y las paredes están forradas con mármol veteado verde, beige y negro recién pulido. El techo blanco está decorado con molduras doradas y candelabros de cristal con herrería también dorada. “What do you want?” pregunta un hombre de pelo blanco, saco azul y corbata sentado detrás de un escritorio. “Get married” responde la pareja al unísono. El hombre se pone las gafas y los observa. Pregunta si cada uno trae identificación. Ella busca en su bolso, saca dos pasaportes, uno gringo, el otro extranjero y se los enseña. “Walk straight down to the computer so you can feel in the aplication. Neeext…” vocea y otra pareja se acerca al escritorio.

La pareja llena la información que solicita la computadora. Primero, bride/groom/spout: nombre completo, nacionalidad, sexo, dirección y nombre de los padres. Después la del groom, igual. La computadora arroja la clave YMQ134G8, su licencia matrimonial que será válida después de pagar treinta y cinco dólares en la caja. Tienen que esperar veinticuatro horas antes de regresar a esa misma oficina para poder casarse.

Veinticuatro horas después del primer trámite las parejas regresan caracterizadas de novias y novios. Cada quién tiene su interpretación. Unos buscan asiento, otros salen por agua, cigarros o comida mientras esperan que por la pantalla o el altavoz los llamen para pasar a la “capilla”. Las sillas están ocupadas. Sobre una mesa, dentro de cilindros plásticos, distintos ramos florales se exhiben a la venta. Por treinta dólares las novias o novios pueden elegir el ramo con el que identifican su estilo: glamour, elegance, happiness, sweetheart. Una tienda de suvenires y equipo de emergencia para esas situaciones vende hilo dental, pasta de dientes, sobres para almacenar el acta de matrimonio, anillos, corbatas, moños, tiaras, copas, ligueros y manuales para evitar el divorcio.

El blanco ha pasado de moda y las minifaldas crecen en popularidad. Los tacones repican sobre el mármol. Entre las parejas de mujeres tenis y chanclas de colores son favoritos. Las de hombres suelen compartir los mismos zapatos. Sombreros, gorras, plumas, velos y todo tipo de peinados extravagantes. El algodón, el lino y la seda han cedido su lugar al spandex, la licra, el satín y las lentejuelas. Hay variedad en preferencias sexuales, nacionalidad y edades. Algunas llegan embarazadas, otras van por su segundo o tercer matrimonio sin importar que sus tatuajes delaten sus compromisos fracasados del pasado.

El altavoz grita now serving A66 y dos mujeres, una con vestido blanco y otra con smoking gris se paran. Entre el bullicio se mezcla “Birds all sing as if they knew today’s the day…” de las Dixie Cups pues un grupo de jóvenes ó jovencitas vestidos con túnicas blancas y coronas de flores cantan para saludar a los nuevos esposos que salen de una de las dos “capillas” al fondo de la oficina. El juez aparece por detrás. Vestido con traje, corbata y saco carga un plátano en la mano pues dice que la demanda matrimonial no para y no le da el tiempo de salir a comer.

Algunos novios caminan como felinos enjaulados, juegan con las manos, se entretienen con los celulares, sudan, otros bostezan mientras sus novias se quejan. October, que se considera un “ten in Alabama but not in New York” será testigo de su primo. Mientras espera observa la felicidad de los demás, agarra su celular y pregunta en su cuenta de Facebook si alguien quiere casarse con ella. Nadie responde. El altavoz vuelve a llamar y una nueva pareja desfila hacia la “capilla”.

Un poster gigante del City Hall neoyorkino es el escenario perfecto para la imagen del recuerdo al salir de la “capilla”. Algunos niños corren e interrumpen el instante fotográfico. Los padres castigan a los traviesos. El altavoz llama a la pareja A76. La novia se inquita. Sus amigas le ponen una menta en la boca, la rocían con perfume y la embadurnan con más maquillaje. Al novio, un hombre mayor, le acomodan el moño rojo. Deben pasar a pagar veinticinco dólares a la caja antes de entrar a la “capilla”, no aceptan efectivo, hasta el matrimonio es un juego a crédito. “She knows nothing about romance” dice la cajera sobre su jefa pues es la única que no sonríe.

La pareja A76 espera en la puerta de la “capilla”, bajo uno de los candelabros dorados que brilla igual que sus ojos. Ella detiene el ramo en la posición que la vida le ha enseñado. Él un carrito convertible Chevrolet de plástico miniatura que sostiene un anillo sobre cada asiento y dice “always and forever”. Se abren las puertas de la capilla y un hombre sale seguido por una cámara de Telemundo. Están grabando un programa sobre una pareja gay que se acaba de casar. “Corte”, grita el camarógrafo, y se van. Los novios A76 siguen esperando en la puerta. El juez los llama a pasar.

La ostentación de afuera es ternura adentro. La “capilla” semeja un pastel de quince años. Las paredes son rosa betún, al fondo cuelga un cuadro con figuras geométricas, también en tonalidades deslavadas. No hay símbolos de religión alguna, sólo el Estado está presente. El juez se para frente a los novios. Un atril se interpone entre ellos. A un lado de los novios hay un sillón para invitados. Del otro, una vitrina con libros viejos de hojas carcomidas, abiertos, registros de matrimonio de principios del siglo pasado. El juez comienza a hablar en voz alta, su nombre es Ángel Velázquez, tiene rasgos latinos pero habla inglés como gringo. Menos de cinco minutos después, los novios ya son esposos. Les entrega el acta y les pide  que se apuren a salir pues la fila es larga y el tiempo corto.

En la calle un fotógrafo de origen mexicano ofrece a las nuevas parejas su promoción especial: un retrato antes y después del matrimonio. Estará ahí hasta las 3:45 de la tarde, hora en que cierra la oficina. Confeti y restos de globos ponchados pintan el suelo. Tirar arroz está prohibido pues si las palomas lo comen se pueden ahogar. Es verano en Nueva York y los enamorados quieren calor.