Regino caminó durante días entre polvo y bajo los rayos del sol hasta que encontró una llanura verde, con árboles frondosos, perfecta para descansar y protegerse. Se veía sudado, con el pelo mugriento y las uñas cochambrosas. No iba solo, jalaba un carrito donde acomodaba sus chacharitas: pequeños tesoros que había encontrado durante el camino.

Andaba y deliraba. Sabía que llevaba días en lo mismo pero no recordaba de dónde venía, con quién había estado ni si tenía familia. Comía y bebía de lo que escudriñaba. Sólo cuando suplicaba por una moneda, compraba un taco, sus favoritos eran de guisado.

Al toparse con la llanura, Regino se sintió cansado. Un impulso le dijo que era hora de instalarse días, semanas, meses o años. No tenía nada planeado pero debía reponerse, esperar y pensar pues el carrito era pesado y las piernas le temblaban.

Al recostarse sobre el tronco de un árbol soñó que construía algo. Al despertar comenzó por armar una cama con cachos de madera y pliegos de tela de colores que encontró entre los tesoros de su carrito.

Necesitaba protegerse del viento así que levantó cuatro paredes de madera y las cubrió con una lámina. Con los primeros rayos del sol se activaba y observaba su alrededor. Con su carrito, caminaba buscando nuevos materiales de construcción. Poco a poco mejoraba. Todo lo que podía servirle, lo tomaba y guardaba.

Una mañana el carrito se rompió y con un morral y mecates continuó recolectando y cargando. La construcción se hizo más lenta, pesada y ahora le dolía la espalda. Sin importarle, levantó una cocina y un área que llamó “de estar”.

Durante las tardes y noches analizaba sus logros e ingeniaba cómo renovarlos. Quería siempre construir algo nuevo. Crecer. Una tarde, al cruzarse con una mujer de cabello largo y rizado recordó algo de su pasado: a su madre y la que era su película favorita, sobre una niña que al disfrazarse de hombre podía montar a caballo y competir. Lloró.

“Necesito un establo”, se convenció Regino y fabricó uno. Cercó un cacho de tierra y aventó paja para que se viera como el de la película que recordaba: sucio y desordenado. Le faltaban caballos. En otro paseo vio una pequeña silla de montar arrinconada, la tomó y colgó sobre la cerca.

Pasaron meses y la casa de Regino se convirtió en palacio. Tenía jardín de rosas y sala musical equipada con instrumentos de percusión y cuerdas. Tres habitaciones: una para la mañana, otra para la tarde y otra de juegos. También veía ovejas pasearse por el establo pues nunca encontró caballos.

Regino había logrado lo que nunca, ni en sus mayores alucines, había imaginado. Pero no recordaba más de su pasado y eso le angustiaba. Por las tardes, se sentaba sobre una muralla de piedras cerca del palacio y cerraba los ojos. Llevaba sus rodillas hasta el pecho y abrazaba sus piernas. Entonces se creía una roca cuya memoria algún día se activaría.

Una tarde comenzó a chispear. Nunca había visto nubes tan cargadas. Las gotas se hicieron lluvia y luego tormenta. Tan fuerte que no podía distinguir donde terminaba el suelo y empezaba el cielo.

Regino se resguardó en una de las habitaciones pero al poco tiempo el agua lo inundó. Salió al jardín y entre proyectiles de granizo, descubrió su palacio desbaratado. Corrió y trepó a las ramas de un árbol hasta que días después pasó la lluvia.

Cuando el sol despuntó Regino observó las ruinas. Por fin veía con claridad. Los muros eran  botellas apiladas. Las rosas del jardín, ramos rotos y marchitos, envueltos en plástico. Los instrumentos estaban enmohecidos, carcomidos por el olvido. Cientos de cajas de leche y bolsas de comida chatarra lo rodeaban. Las ovejas eran de plástico, pequeñas, sin ojos ni patas.

Caminó a la muralla donde por las tardes se sentaba y volvió a abrazarse. Inerte. Estaba en los jardines de un museo de la ciudad. A lo lejos, lo esperaba un horizonte de edificios, risas y gritos. Regresó a las ruinas, tomó el morral empapado y se lo colgó al hombro. Volvió a caminar sin rumbo, recolectado cualquier objeto que le diera una pista de lo que fue su pasado.