“Qué chiquito es el mundo”,  explica Marco, encargado en la oficina del servicio postal. Tiene calor y despertó juicioso. Hace unos años perdió su cartera.  Fue poco después de la muerte de su madre.

Cuando estaba a la mitad de los trámites de sucesión, el fisco le quería quitar todo el dinero de una cuenta de banco. Marco siempre guardaba su cartera y credenciales en el bolsillo trasero de su pantalón.

Una mañana al meterla, sin querer lo hizo con todo y su camiseta en medio. Cuando buscó su cartera ya no estaba. Nunca supo en  qué instante la había perdido.

Temía que alguien hiciera mal uso de sus identificaciones así que levantó miles de denuncias. Le tomó días. Imaginaba que sus identificaciones podrían aparecer en medio de la escena de un crimen y él salir perjudicado.

“¿Y ahora qué chingados hago?”. Con lo de la muerte de su madre y los trámites que necesitaba realizar, se sentía más atormentado y angustiado.

Intentó sacar una nueva IFE. Había elecciones pronto así que le advirtieron que debía esperar. Le urgía.

Entrando a su casa una noche, después de pasar todo el día en la oficina postal, lo interceptaron. “Oiga, usted, lo buscan” le dijo una vecina.

Marco volteó y detrás de la señora había un limosnero. Mugroso. Con la piel embarrada de algo con aspecto pegajoso. Uñas mordisqueadas, con hongos. Cabello enredado. “¿A mí?” preguntó desconcertado.

“Si, a usted” dijo el indigente. Marco estaba extrañado, pensó “bueno, ¿qué puedo perder?”.  Y respondió, “¿qué pasó señor? ¿Qué quiere?”.

“Usted no me conoce, pero yo a usted sí”, expresó firmemente el sujeto y extendió la mano. Tenía su IFE. Se la entregó. “La encontré en un basurero de la ciudad, limpiando” continuó, “lo he observado desde hace años y reconocí su cara, de la fotografía”.

Marco la tomó. Sigue guardando la cartera en la bolsa trasera pero la sujeta con una cadena. Admira las probabilidades. Lo pocas que a veces son, “y por eso, siempre hay que dudar, porque todo puede pasar”.