Una escalera guía a la entrada del gimnasio Romanza. Entre costales, un hombre me pregunta qué necesito. Me confirma que don Nacho Beristain no se encuentra. Son más de la cinco de la tarde.

Dentro de una oficina, atiborrada por fotografías, medallas, reconocimientos y más recuerdos, el hombre escribe un teléfono en un pedazo de papel. Debo llamar a la mañana siguiente si quiero encontrar al señor Beristain.

“A ver dígame”, dice la voz pacífica de don Nacho al teléfono. Lo rodea una atmósfera de golpes. Veloces jabs, rectos y jadeos de los que entrenan a su alrededor.

Don Nacho Beristain visita el Romanza por las mañanas. Se considera un trabajador del boxeo. Los jóvenes llegan, lo buscan. Suben las escaleras y se abren paso entre los costales.

A partir de las siete y media y hasta las diez de la mañana entrenan los más apasionados; los que sueñan con llegar a profesionales. Conocieron el gimnasio por rumores, internet, programas de televisión o por la historia de alguno de los 23 capeones del mundo que ahí se levantaron.

“El boxeo profesional es un espectáculo caro y ejercerlo es difícil, traumático y a veces hasta cruel” continúa don Nacho, “pero es un vehículo por el cual se puede ganar mucho dinero en una sola pelea”.

Esa mañana, a su alrededor, se preparan veinticinco “chamacos”. Un inglés, un argentino, dos japoneses y un marroquí, codo a codo con mexicanos. Han viajado para ilustrarse en el gimnasio.

El japonés, aparte de su carrera como boxeador, estudia psicología. El argentino ya es profesional pero también quiere abrirse paso como actor. Le emociona pensar en que pronto, igual y le dan un papel en una telenovela como boxeador.

El marroquí está de visita un mes. Vive en Francia. Después de terminar la universidad allí regresará a México para empezar una nueva carrera como peleador.

Beristain organiza los combates. Se mantiene cercano a otros promotores del mundo. Constantemente los contacta. Las peleas se pactan por muchas razones. Unas por influencia. La mayoría por amistades.

Como manager, su labor es preparar a los pugilistas, “conducirlos de buena manera, para que lleguen lo más alto posible, que ganen mucho dinero y se retiren”.

Ha entrenado deportistas capaces de conquistar las mejores bolsas así como cirujanos, ingenieros y abogados. “En México, el boxeo es popular por las continuas crisis en las que nos han sumido los genios de la política” continúa.

Don Nacho usa anteojos. Los años han derrotado su vista. Pero por oído puede reconocer un golpe bien atravesado. No es el único entrenador en el Romanza. Con todos se lleva bien. Unos nuevos vienen, luego se van pero no está permitido regresar.

Los boxeadores jóvenes comienzan ganando sueldos miserables. Pagados por sus promotores.  Cada vez, el presupuesto que le sacan a las televisoras es menor y a los peleadores de cuatro rounds, con suerte, les dan $4,000 por pelea.

Los que se enfrenten seis, ocho rounds o más, en pelea estelar en México, ganan cincuenta o sesenta mil pesos. Cantidades que apenas alivian económicamente sus necesidades, de casa, de su familia.

En el extranjero pagan más. Diez mil, quince mil dólares por pelea. Las grandes estrellas, en ocasiones, millones de dólares.

Beristain ha entrenado cientos. La mayoría, después de tocar lo más alto, fracasan. “Gastan todo. Los familiares les ayudan a gastar lo que con tanto trabajo ganaron” asegura calmoso, “son la minoría los que logran amasar su fortuna e invertir bien”.

A lo lejos una voz lo llama, debe colgar, el round ha terminado.