“¡Nadie me venda, sé cómo!”, exclamó Omar “dedos, nudillos y muñecas”. Lo hacía bien. Desde chico. “El que no se venda no sabe boxear” le repetía su padre quién sin vendar ni boxear, sólo observaba. Aficionado puro.

Esa tarde, antes de subir al cuadrilátero, lo hizo un kieveño. Omar se quejó. Sentía los nudillos apretados y le faltaba colchón. Lo hizo con señas pues no hablaba ucraniano ni ruso y en Kiev nadie conocía el español.

Omar era mexicano. De la capital. Había crecido entre rastros, vecindades y primos. Entrenaba desde chico y en la adolescencia lo firmaron como boxeador.

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Ganaba. Esa tarde la victoria se disputaba a las afueras de Kiev, en unas ruinas que le habían descrito como un “centro comercial”. Dionisio, su promotor, masticaba el inglés y se daba a entender con unos cuantos.

No logró corregir el vendaje y, entrenado para resistir, se puso los guantes y mentalizó. Le pegaría duro al “pinche ruso”, su contrincante, como sabía, lo fintaría y cansaría hasta knockear. Quería tirarlo y dejarlo abajo hasta que las campanas del jurado marcaran su derrota.

Lo dibujó tan bien que lo logró. Al ver a su contrincante tirado uno de los jueces subió y comenzó a gritar por el altavoz. Emocionado, pronunció “Omar Arizmendi” de tal forma que ni él entendió que lo declaraba triunfador.

El promotor estaba feliz. Le entregó unos billetes, una medalla dorada y un boleto de regreso en tres días. Lo vería en el aeropuerto. Volarían a Moscú y de ahí a Los Ángeles. Apalabrarían algunos contrincantes gringos y de regreso a México.

Omar tenía tres días de descanso y un cuarto de hotel pagado con la dirección y estación de metro más cercana escrita en un papel. Era joven, con sed de adrenalina y desproporciones.

Dejó las instalaciones. Caminó por la calle entre edificios gigantescos en busca de un bar. Todos eran más altos, más blancos.

Una pareja lo interceptó. Estaban borrachos. Lo habían visto pelear. Imitaban el gancho con que había mandado al otro a la lona. Con unas señas Omar comprendió que lo invitaban por unos tragos y aceptó.

El bar estaba en un sótano. Pidieron cervezas locales y otra especie de aguardiente. Omar probó todo lo que le dieron.  Respondía en español a todo lo que comentaban en ruso.

Desde la barra una mujer lo observaba. Pelo largo, ondulado, peinado y rubio. Ojos verdes y maquillaje, labios rosas. Vestía falda y suéter entallado que cubría una figura delgada y pálida. No mostraba acompañada.

Omar quedó prendado. Ella le sonreía y reía. Jugueteaba. Su mirada lo atravesaba y se acercó. Brindaron. En cuanto se agotaban sus tragos ella pedía más. Se entendían con las pocas palabras de inglés que los dos medio macullaban.

Cuando el cantinero marcó el fin de la noche salieron juntos. Omar no soltó su mano y la besó sobre la banqueta. Quería morderla. Ella detuvo un taxi. Bajaron en un hotel y ella lo guió hasta una habitación. En su bolso guardaba la llave.

En el cuadrilátero del amor. Una lucha de poder sin tiempo ni juez. Dormían y despertaban con hambre. Ella salía y regresaba con comida y más alcohol. Ella confiaba en él. Él la entendía.

El tiempo comenzó a preocuparle. Llevaba horas, días de encierro, quimera y pasión. Había perdido más peso que en la pelea y la idea de separarse lo encabronaba.

Sobre la cama le explicó el plan. Parte en inglés, la mayoría en español, usó señas y dibujos sobre una servilleta. Se irían juntos al aeropuerto. Le pediría a su promotor que le comprara un asiento en el vuelo. Se lo pagaría con las victorias de las siguientes peleas. Le daría un porcentaje mayor de la bolsa si era necesario y le costaba convencerlo.

De usar las influencias del promotor podrían quedarse en Los Ángeles. Ella trabajar en un restaurante o como modelo. Él, seguiría su carrera como boxeador profesional y pondría un gimnasio. Luego comenzar una familia.

Ella aceptó. Quedaban pocas horas para la cita con el promotor. Omar debía recoger sus cosas del cuarto de hotel que no había visitado. La besó y le pidió que empacara pues en poco regresaría por ella y en taxi al aeropuerto.

En la calle buscó el papel con la dirección. A una cuadra se topó con la estación del metro. Abordó el primer vagón. Imaginaba su futuro, lo podía trazar. Al de junto le mostró la dirección. Éste le señaló cuándo bajar y cambiar.

Llegó al hotel, tomó su maleta y regresó al metro. Hizo el cambio de línea y bajó en la estación. No era la misma. No encontró el papel. Luego otra y dos más. No reconocía ninguna. Intentó hacer memoria. Recordar en dónde se equivocó. El golpe que no vio.

Omar corrió desesperado entrando y saliendo del mundo subterráneo hasta que sus piernas y el tiempo lo traicionaron. Derrotado se sentó sobre el piso y recargó su espalda. Debía tomar el siguiente vagón al aeropuerto. Aspiró y exhaló con llanto. Su primer knockout.