“¿Y cómo va todo?”. La alubia pregunta desde la oscuridad del interior de la patrulla. Apaga el motor, abre la puerta y me extiende la mano, “ante todo hay que ser caballero”. A lo lejos El Frijol.  Se acerca a pie. Con la cara redonda y sonrisa casi tatuada. “Cuando subas de rango te presto la patrulla” La alubia lo desdeña, “también te cambiaremos esa cachucha por una más nueva, limpia y plana como la mía”.

Mientras La alubia patrullea, El frijol camina. Se encarga de los puestos callejeros. Cobra y desplaza a los clandestinos. “¡No puede pintar sin permiso!” explica a los trabajadores. Luego comienza la negociación con el patrón. Le hace cuentas usando el salario mínimo como referencia y “el bien” de la sociedad.

“¡Estoy hasta la madre de la corrupción!” me quejo con La alubia pues vengo regresando de hacer un trámite en la delegación. “Las mordidas también me cagan” concluyo malencarada. Él escucha e intenta convencerme de que no son tan malas. Que pueden entenderse como un favor.

Piensa en los que ganan el salario mínimo, y que como a todos, apenas les alcanza. Las multas le parecen altísimas y pocos las pueden pagar. “El gobierno es el enemigo de todos”. Ha decidido imponer sus propias cuotas dependiendo de las posibilidades que observa en el afectado.

policia

Conoció a una señora que vendía tortillas recalentadas en un comal afuera de una construcción. “Ella sí que le ganaba, para cuando terminaron la torre era millonaria”. Los trabajadores llevaban sus guisados mientras ella calentaba y entregaba tortillas.

El frijol no se separa de su radio. Lo custodia amarrado sobre el chaleco que le cubre el pecho. Cuando pasa el jefe se endereza y espera. “¿Cuándo nos invitas un traguito?” me pregunta. Anda triscando. De navidad, pide le regalen pizza.

Una noche, La alubia cumplía su largo y cansado turno. En la esquina de siempre se encontró con los “chichifos mosqueando”. No le gustan las jotillas pero los deja trabajar. Tampoco se los puede llevar sin que haya una denuncia y un culpable señalado. Se meten en camionetas con vidrios polarizados. Sólo el ligero zangoloteo los delata.

Mientras indagaba, detrás de una oficina de gobierno, descubrió a un malandrín arrancando los espejos de un auto. Bajó, corrió y lo alcanzó. Lo esposó y entregó en el Ministerio Público. Una grúa se llevó el automóvil como testigo.

Por la mañana, con el viene viene de la cuadra localizó al dueño. Le dejó un mensaje pues debía recoger el auto y levantar una denuncia. Al malandro lo metieron al tambo pero a los pocos meses volvió a salir. La alubia enfurece al verlo de regreso entre tus calles. Merodeando. Sabe lo que planea y espera volvérselo a topar “con las manos en la masa”.

“¿Y a dónde vas?” me intercepta en la bicicleta. Le respondo que regreso de un día largo. Quiere platicar. Una mujer detiene su auto e interrumpe. Pregunta por una calle. La alubia amablemente se acerca a su ventana y comienza a explicarle.

El viene viene, que se acerca con prisa hacía mí para insertar dinero en un parquímetro, me dice “¡ese güey es puto!”. La alubia lo oye, ignora y continúa con la explicación a la mujer. “¡Es puto!” reafirma con más fuerza y ríe.

“Tú no puedes distinguir entre el rosa y el rojo,” contraataca La alubia cuando la señora ha partido. El frijol aparece a lo lejos. Lleva cuatro años trabajando en la policía. La alubia catorce. Desde entonces no ha vuelto a casa. Sueña con regresar a un lago cuyo nombre ha olvidado.

“Un lago que dicen no tiene fondo” me cuenta con emoción en los ojos y un poco de sudor. El traje, el chaleco, el radio y las botas le pesan. Por unos segundos me observa. “Como que ya te veo más acabada” concluye “es tiempo de pintarte las canas”.