En La gondole no venden cerveza. Los que entran son musulmanes. Piden pizza, kebabs, helados y narguile para fumar. Awa entra y en wolof ordena un refresco. El mesero se mueve lento, prefiere ver el partido de futbol. Cerca está el malecón de Dakar. Por la oscuridad no se ve el mar pero se respira su sal.

Awa acaba de salir de su oficina. Trabaja para un canal de televisión del Senegal. Es periodista. Cuando tiene que editar su programa termina tarde. Su familia no es de la ciudad. Ella renta un departamento. Fue difícil convencerlos de que la dejaran estudiar y trabajar lejos.

Días antes nos conocimos sedando a una hiena en una reserva natural a unas horas de Dakar. Ella grababa mientras yo vacunaba el cuerpo atolondrado del animal. Había que revisarle los dientes y tomar muestras de sangre. Aunque inconsciente y con los ojos tapados, la hiena cabeceaba. La anestesia dura pocos minutos y su mandíbula, la más poderosa del reino animal, es capaz de triturar huesos hasta la médula.

Después de liberar al animal nos presentamos. Para mi sorpresa Awa hablaba perfecto español. Lo aprendió gracias a un novio. Él quería todo pero ella le negó su virginidad. Cuando se fue, ella se arrepintió. Enfadada, vistió una falda, caminó a un baile y probó con el primero que se dejó.

En La gondole nos reencontramos. Aunque su familia es musulmana, algunos se han casado con católicos y animistas. Saca el teléfono celular y me pregunta el apellido de un chico, hijo de alemán y senegalesa, que me ayudaba a detener a la hiena. Lo quiere encontrar por Facebook. Aunque tenga novia confía en que “ninguna mujer sabe tratar a un hombre como las senegalesas”.

De verla usando jeans su madre se molestaría. Le pregunto cómo es crecer en una sociedad musulmana. Ríe. Si estuviera casada tendría que estar en casa arreglada, perfumada, esperando a su marido. Calentando agua para masajear sus pies con aceites. Decirle “papá cherie”, luego mimarlo y excitarlo.

Al nacer, su madre la decoró con aretes, pulseras y un collar a la cadera, un bim bim, símbolo de sensualidad. Con pocos meses, el cuerpo de un bebé es moldeable. Todos los días, con aceites y mantequilla de carité, su madre la masajeaba. Reacomodaba sus músculos y grasa para levantarle los glúteos, formar cintura y estirar el cuello.

Luego la bañaban en agua fría. Después de llorar, dormía. A su hermano le frotaban el pene para desarrollar el músculo. “Habla suave, camina lento, sin prisa”, su madre la vigilaba, pasaba todo el día en casa. Si desobedecía o se iba con los chicos le pegaban.

Según la religión el padre debe ser el proveedor. No siempre es así. Asistía al colegio por las mañanas y por las tardes a clases de Corán. Después de que tuvo su primer periodo su madre explicó: si te acercas a un hombre o te toca puedes quedar embarazada. Su tía tendría la labor de explicarle qué hacer durante la noche de bodas.

Adolescente se unió a Facebook y por youtube descubrió que esas palabras eras falsas. Sus amigas decidieron experimentar. Algunas, después de la noche de bodas, fueron rechazadas por sus maridos. “¡Si no sangró no es virgen!” las condenaron. Las madres se avergüenzan. Unas respondieron “fui violada”, otras quedaron envueltas en un matrimonio sin derecho a queja ni palabra.

A las que les dio miedo, después de que se mostrara una toalla manchada públicamente, buscaron amantes. De cacharlas, los esposos pueden enriquecer. Pedir dinero, vacas, casas al amante. De no pagar se vale asesinar.

Los hombres pueden escoger hasta cinco esposas. Cuatro que no se hayan casado y una viuda. No importa la edad. A su abuela la casaron de 13. Vivió en casa de su suegra hasta que cumplió dieciocho.

El hombre observa a la chica y si le gusta la visita. No pueden estar solos “porque el tercero sería el diablo”.  Al tercer día habla con el padre, pide su mano con una ofrenda de frutas y una dote. El mismo día de la pedida los casan en la mezquita.

Después se mata a un chivo y se hace una fiesta. A unas les dan dinero, millones, oro, joyas. Las esposas menos afortunadas comparten casa. Cada una con su habitación y cocina para evitar conflictos. Otras tienen la suya. El hombre pasa la noche con la que se le apetezca. Awa no conoce a los otros hijos de su padre.

Las mujeres encelan y recurren a los marabús y la brujería. Con pociones y filtros de amor pelean por los ojos y la compañía de sus maridos. Los brebajes en comida, bebida, acaban envenenándolos. Awa sí cree en la magia. No se acerca a los baobabs al medio día. Tampoco los toca. Son árboles sagrados favoritos de los espíritus: buenos y malos.

Ella, como la mayoría de sus amigas solteras, sueña con un hombre europeo, rico, católico. Si es diplomático, mejor. Visita los bares de blancos con la ilusión de llevarse alguno. Conoce el poder de la seducción, lo ha aprendido. Es coqueta y usa trajes coloridos. Arracadas y el cabello muy corto, crespo, casi rapado. No es fácil peinarlo, mejor trenzarlo. A veces se pone extensiones.

Por internet, una amiga sedujo a un cónsul. Su tío, brujo, logró que le pagara todo y se casaron. Se fueron a vivir lejos pero cada año debe regresar y rehacer el hechizo. Awa no quiere eso, busca honestidad.

Su teléfono suena y responde en francés, lengua colonizadora. Es un hombre casado. Ha probado con varios. De uno, al conocer a su esposa, dejó de verlo. Insiste en acompañarme hasta mi destino. Cerca la recogerán. Hay poco alumbrado. En vez de asfalto arenal. Los pies se hunden, es difícil caminar.