“Dios los bendiga” dice Juanita, encargada de la cocina, a un extraño que carga bolsas con mangos, rambutanes, duraznos y plátanos. “Él siempre nos da fruta, verduras de las hortalizas, pollos, conejos, puercos, gansos, patos, de todo un poco”.

A Juanita le gusta ver tantas caras. Lo dice desde su cocina decorada en tonos rosas, verdes, azul cielo y madera. La leña quema y hierve el maíz dentro de una cacerola gigante. Un calendario de la Guadalupana cuelga junto a la puerta.

Camisetas, artesanías, playeras, rebozos y pulseras se ofrecen a la venta. Las mujeres indígenas bordan. Sobre paños muestran joyería de ámbar chiapaneco. La Universidad de la Tierra en San Cristóbal de Las Casas abre sus puertas a curiosos, artesanos, estudiantes, artistas y amigos. Algunos locales, otros extranjeros.

En la biblioteca leo “miles de palabras, de los cinco continentes, se callan aquí para escucharse unas a otros y para oírse a ellas mismas. Un día de julio, mayor Ana María, en Oventic”. Uno de los principales caracoles del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

La Universidad zapatista se ha construido con adobe, ladrillo, piedra y madera. Las cabañas, rodeadas de árboles, estanques, macetas con plantas y flores, se conectan por senderos de piedras. Las puertas se pintan de rosa, las ventanas también. Los techos de teja. Balcones y pórticos de madera.

En el auditorio bailan al ritmo de un tambor. Democracia, libertad y justicia quedan plasmadas en grabado. En cada salón hay una actividad distinta. El festival CompArte ofrece talleres de poesía, baile, fotografía, corte y confección, grabado, grafiti. “Un muro sin grafiti es como un mundo sin rebeldes” dice don durito de la Lacandona. Lo han escrito sobre una manta que cuelga afuera del taller de telares: hilados y tejidos, decorado en tonos amarillos.

Murales, bordado, pancartas de serigrafía, performance, máscaras, música, rima. A lo lejos se escucha un generador eléctrico, un molino del nixtamal y la máquina de tortillas. El maíz dulce, junto con el aroma del carbón ardiente, se mezcla con la bruma de la montaña.

“A ver qué sale” dice un hombre con gafas a otro de cabello más oscuro y camisa de mezclilla. Son Gabriel Orozco y Damián Ortega. Vienen del mercado con las manos llenas de ideas y materiales.

Bajo un quiosco instalan. Distribuyen objetos sobre unas mesas de tablones de madera que en conjunto forman un círculo. Alrededor, con hilos y pinzas, cuelgan carteles de protesta e imágenes zapatistas.

De unas bolsas sacan canela, lana negra, chiles, cáscaras de naranja, alfileres, hojas secas y más. Algunos los han comprado, otros los recogieron pues cruzaron su paso.

“¡No pueden estar aquí!” interrumpe una mujer con acento español. Furibunda señala que portan gafete de visitantes. Ella es voluntaria. Indica que necesitan uno de participantes para intervenir el espacio.

Gabriel ha viajado con su familia desde Tokio para participar. Damián desde Ciudad de México. Le explican que llegaron y al no encontrar a nadie en el escritorio de registro de participantes se registraron como visitantes. Ella advierte que sin el gafete adecuado no los dejará trabajar y el espacio será designado únicamente para admirar los afiches.

Gabriel insiste en que nadie más está utilizando ese espacio, que crearán una obra conjunta, espontánea, que durará unas cuantas horas. Obstinada, ella se niega. Gabriel sale en busca de su acreditación como participante.

Minutos después regresa con otro gafete. El nuevo es color rojo, el anterior azul cielo. “Listo” y se lo muestra. La mujer lo revisa de arriba a abajo desconfiada y sentencia “de todos modos debe estar en la lista y no creo que esté, así que no podrá usar este espacio, hay que respetar las reglas”.

Mientras, Damián y otras manos, han comenzado a trabajar. Gabriel se suma. De los objetos germinan figuras que asemejan insectos, parásitos. Damián prefiere evitar que las criaturas parezcan animales. Produce seres fantásticos, únicos.

La mujer se emberrincha y sigue amenazando. Advierte que irá en busca de la lista y de no encontrarlos los despachará de ese quiosco. Gabriel y Damián siguen creando. Agarran un poco de por aquí y otro de por allá. Las ganas se contagian. Sus familias también se han puesto a imaginar. Los fisgones observa y se unen. Toman algo y comienzan a crear.

La mujer regresa sonriente. Transformada. Ha revisado la lista y ahí están. Ahora quiere colaborar y quitar los posters.

En la cocina Juanita avisa que la comida está lista. Carne, tortillas, frijoles, col, pasta, salsa y agua de tamarindo para todos. Cada persona se sirve y lava su plato. Guardo los pellejos de la carne en una servilleta.

En las calles y carreteras he visto cientos de perros lastimados, sucios y hambrientos. Salgo en busca de uno para darle los mis sobras. A una cuadra descansa uno. Es grande. Al acercarme se asusta y levanta. Está lastimado. Tiembla. Se le han hecho rastas. No puede apoyar una pata y tropieza.

Le acerco la carne sin verlo a los ojos. Una niña se asoma detrás de una puerta de madera. “¿Es tuyo?”, le pregunto. “No”, responde, “es de los vecinos pero como se caga adentro han decido echarlo fuera”.

Camino de regreso a la Universidad. Las nubes y la temperatura han bajado. A San Cristóbal la rodean árboles. Dicen que es tierra de humedales, áreas por dónde respira la tierra, por eso es tan verde. Regreso al zaguán y ya no solamente están Gabriel, Damián y sus familias creando seres fantásticos. Cada vez se unen más. Las hechuras se contagian, para bien y para mal.