Nació en cautiverio. Su huevo lo colocaron en un nido y fue empollado bajo la luz de un laboratorio. Un pequeño oasis en medio de la ciudad de concreto con castillos de acero al descubierto fue su hábitat.

Creció rápido y lo mudaron a una jaula más grande. Romeo era un turaco verde, sociable y curioso. Comía verduras y frutas. Como al mole, había que picarle todo en trocitos. Brócoli, lechuga, espinaca, papaya, plátano y manzana.

A la jaula contigua llegó otra turaca. Una especie distinta. Era hembra, más pequeña y con la cabeza blanca. Jamás había puesto un huevo. Romeo se enamoró a primera vista.

El animalero decidió mudarlos a un albergue. Un patio techado con árboles y más plumíferos. Un calao, ave africana de gran pico, un ave del paraíso y un venado chiapaneco eran sus nuevos compañeros.

Romeo, de cresta larga, la cortejaba todo el tiempo. Cantaba, bailaba, le mostraba el plumaje y llevaba regalos al nido.

Cuando entraban visitantes, Romeo, fisonomista y creyente en las primeras impresiones, se acercaba y los inspeccionaba. A los favoritos los seguía pero no permitía que se acercaran a su pareja.

La protegía. Caminaba frente a ella y no se le despegaba. Insistió tanto que lo logró. Ella puso un huevo. Era más grande de lo normal. Luego otro y en el siguiente murió. “Fue una distocia”, concluyó el animalero con lágrimas en los ojos cuando entre sus manos agonizó.

Romeo dejó de comer, bailar, cantar y mostrar su plumaje. Pasaron meses. El calao, de mayor tamaño, lo molestaba. Romeo se enojaba y escondía entre las plantas.

Una mañana se reunieron médicos, estudiantes y fisgones en su albergue. Mientras admiraban al calao, Romeo, entre las plantas, se acicalaba. Con su pico curveado alisaba sus alas puntiagudas y su cola larga y redondeada.

Los observó y cuidadoso se deslizó entre las ramas. Se acercó y movió la puerta con su pico amarillo. “¡Una se escapa!” gritó un fisgón. Romeo extendió las alas, mostró su plumaje de vuelo rojizo, y despegó.