Nicolás, cazador, dudaba llevarlos. Insistía en que el simple hecho de estar ahí “le partía el corazón”. La doctora lo convenció y arrancó la pick up. Necesitaba ayuda. Era tierra de brechas, arbustos secos, espinas y baobabs. Un antiguo cementerio griot.

Las jirafas ignoran el motor. Las cebras no. Son más nerviosas. Pueden morir de pavor. Cada baobab oculta un cadáver. Con el paso del tiempo sus troncos descubren cuevas en tinieblas que luego vuelven a cerrar.

A los restos de los griot, cuenta cuentos de África Occidental, junto con sus pertenencias, los guardaban dentro de los troncos huecos. Trabajaban la palabra y no la tierra así que no podían ser enterrados. De hacerlo, la lluvia para y se acaba la agricultura.

Detrás de los árboles se oculta una jaula. Entre sus barrotes se asoma una mano larga y oscura. Nicolás apaga el motor. “Hay que acercarse sin verla a los ojos” advierte para mantenerla tranquila, “es fuerte y agresiva”.

La doctora indica a su aprendiz que no se le separe, deben evitar caminar directamente  hacia ella. Separarse y rodearla puede hacerla sentir agredida. Así se organizan los chimpancés para cazar.

“Muéstrale la parte de arriba de las manos, esconde los dedos, así nos reconocerá” susurra la doctora a su aprendiz.

“Es tan fuerte que a veces pienso que puede arrancar los barrotes”,  agrega Nicolás. Ella lo reconoce rápidamente. “Oh-oh-oh-oh” lo llama. Es celosa. Con sus novias se eriza, les avienta piedras y heces.

Su mirada café observa a todos con atención. El lenguaje corporal puede ser invasor. Sus ojos leen de abajo hacia arriba, primero el cuerpo, luego la mirada. Los de los humanos lo hacen al revés. La doctora no deja de examinarla.

Se acerca y ella le muestra los dientes, la lengua, los labios. Sabe pedir, la han enseñado. Escupe. Tiene muy buena vista y puntería. Puede calcular parábolas.

“Está gorda. Bien alimentada pero pasada”, continúa la doctora. Ha ensuciado parte de la jaula con su excremento. “Estereotipias no muy marcadas” dicta y el aprendiz toma nota en su teléfono celular, “su comportamiento no es tan anormal pero es una respuesta al estrés”.

Con sonidos expresa lo que le gusta y lo que no. Su pelaje del tren posterior es más claro. Más marrón. Una hembra adulta pero no vieja. Los chimpancés crecen lento. Son muy negros hasta que llegan a ser adultos.

“Hay que observar, probar y ver cómo reacciona” repite el aprendiz de lo que ha escrito. A Nicolás lo reconoce pero si se acerca demasiado lo puede lastimar. De jalarlo puede romperle un brazo. Sólo permite que un hombre la toque. Ella lo llama. Está a lo lejos. Es un hombre mayor, wolof.

Se acerca y la acaricia. Es su cuidador desde que la encerraron. La alimenta y da cariño. Los chimpancés se separan de su madre a los dos, tres años. Primero buscan cariño, después alimento.

Ella se mueve dentro de la jaula y muerde una vara que ha alcanzado estirándose entre los barrotes. En libertad, si un macho adulto se aproxima hay que bajar la cabeza, evitar los ojos y hacerse pequeño. Comer hojas y pisotear. Se domina o se es dominado.

Al cuidador le pide y señala con la mano otra vara más larga que no alcanza. Él responde que no. Ella entiende wolof, idioma local. El francés, legua colonizadora, lo ignora.

Se llama Cheetah. El cuidador se aleja pues tiene otras cosas por hacer. Ella lo vuelve a llamar. Su presencia la tranquiliza. Es su figura materna. Cheetah  mide, de pie, un metro y medio.

Hace más de diez años entró de la mano de un hombre a un restaurante. Ella ya podía caminar. Tenía poco más de dos años. Juvenil. El hombre pidió al dueño pasearse y cobrar a los turistas por tomarse fotos con ella y aceptó.

Pasó el tiempo y al dueño dejó de gustarle tener animales en su restaurante. Pidió al hombre que se fuera. Él partió pero dejó a Cheetah. Se quejaba de que le costaba mucho alimentarla. Desde entonces la enjaularon lejos de los ojos de turistas.

Al fondo de la jaula cuelga una llanta. Ella se levanta del piso de concreto y nos muestra su hinchazón genital. En cautividad se pierden comportamientos normales y dejan de reproducirse.

Cheetah siente amor, odio. La doctora también. Se enfada cuando le dicen que no y comienza a aventar cosas. “Se ve como un igual” susurra la doctora, “está humanizada, no podrá sobrevivir en estado salvaje”.

El sol se acerca al horizonte. La doctora regresa a la pick up. El aprendiz la sigue. Nicolás enciende el motor y le pide ayuda. Busca algún centro especializado en chimpancés que pueda cuidarla.

La doctora calla. “Algunos pensaban que los griot estaban locos”, agrega Nicolás, “por eso les hacían un hoyo en el cráneo, para que su espíritu maligno pudiera escapar” y acelera el motor mientras atraviesan el cementerio de regreso. La luna se asoma. Esa noche, acamparán bajo un baobab.