Hay que escalar. Las aldeas Peul del altiplano de África Occidental se reconocen por sus techos de paja. Kilómetros las separan. Agricultores. En temporada seca prenden fuego a las parcelas para preparar la tierra.

Cuando el gallo canta las avispas dejan sus nidos. Los construyen dentro de las habitaciones circulares con doble pared de adobe. Entre las paredes almacenan granos. A veces  se duerme adentro, depende del calor.

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En Dandé hay menos de quinientos habitantes. La primera clínica, dos habitaciones de tabique y cemento, se inauguró hace pocos meses. Desde entonces menos mujeres mueren como consecuencia del parto. La mayoría sufre anemia.

Hace pocos meses murió un niño albino. La madre estaba de viaje cuando quedó embarazada. Creció en Dandé. Primero murió ella, luego él. Nadie sabe de qué. Tenía doce años. Vivía en casa de sus abuelos. En otros lados los matan, cuentan, entierran sus cabezas pues años después, en el mismo lugar, se cree encontrarán riquezas.

Lo que parece sonido de tambores son mujeres machacando maíz.  Lo hacen con ritmo. También cacahuate. El mafé, uno de los platillos principales, es salsa a base de su pasta que acompañan con arroz hervido. También lo tuestan en una cacerola con arena hasta que se torne achocolatado. Luego se muele hasta quedar como pasta. La mezclan con agua y a hervir. Luego agregan un poco de salsa de tomate, sal y esperan a que cambie de color.

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Al pueblo lo rodean termiteros en forma de champiñón. Millones de seres que viven en tinieblas, detritívoros, culpables de fertilidad en la tierra. También hay grillos. Cantan día y noche. Si uno se acerca se callan. La fauna local prefiere no ser vista.

La tala favorece a los cazadores. El jabalí es preferido.Caminan desde pueblos lejanos en su búsqueda.

En la seca se juega futbol. Organizan partidos donde se enfrentan distintos pueblos. A la final la acompaña música y un locutor. El árbitro utiliza una rama con hojas. Niños, mujeres y artesanos son espectadores.

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Hace un año la lluvia los agarró bailando. Fue la primera del año. Estaban todos reunidos en la escuela. Junto a la clínica, al pozo de agua y el único pararrayos.

Cuando terminan las lluvias llegan las luchas. El enfrentamiento es entre dos. El que cae pierde. El que quede arriba gana. La duración depende. Máximo cuarenta y cinco minutos con tres descansos de cinco. Algunos enfrentamientos duran segundos. Los árbitros deciden.

Cada peleador tiene un entrenador y pertenece a un equipo. Cada equipo tiene un ritmo y baile propio. Pelean dos o tres de cada equipo por encuentro. Muchos son luchadores pues en sus oficios utilizan las manos.

El combate comienza con baile. Cada equipo tiene un marabout, “el que puede ver el camino”. Él aconseja y sabe sobre enmendar suertes. Puede recomendar un sacrificio de cabra, vaca o fruta. Arma a los peleadores con grigrís, amuletos de fuerza y protección, en los brazos y piernas. Antes de pelear les frota un líquido con una liana, una receta del Corán, para protegerlos.

Las peleas tienen categorías. El ganador de cada una se lleva “la bolsa”. Antes era arroz, aceite. Ahora pueden ser miles y hasta millones de billetes. También coches. Cuando les va bien se quieren ir al extranjero. El sueño es llegar a Harlem.

A los monolitos más altos del altiplano les llaman los dientes de Dandé. Debajo hay cuevas; refugios de arañas, avispas, murciélagos y plantas. En temporada de lluvias se vuelven el interior de cascadas.

Dandé significa muchas camas. Danki es singular. El pueblo peul se instaló en el altiplano siguiendo las palabras de un sabio, “llegarás a un sitio de muchas palmeras”.

Pero había un rey de las montañas, el líder guineano Alfa Yaya, que los despreciaba y forzaba a que le pagaran impuestos. Odiaba a las minorías y ellos eran animistas. Los peul eran pastores y el rey les quitaba casi todo. Decidieron huir con grigrís y refugiarse en las cuevas.

Con rafia y bambú construyeron sus camas. Tuvieron hijos y creció la gruta. La arcilla que sacaban con las manos, mezclada con un árbol de la selva y piedra negra volcánica servía como pólvora de fusil. Desde su escondite, la vendían a otros pueblos para luchar e independizarse, primero del rey, luego de los franceses. La gruta era una mina de resistencia.

Volvieron al altiplano y se dedicaron a la agricultura. Al centro del pueblo creció un Baobab. Una vez al año cultivaban mijo. Con éste y el fruto y hojas del baobab cocinaban. Confiaban en el baobab que es su árbol sagrado que puede vivir hasta dos mil años. La corteza se trenza para hacer hamacas.

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Alrededor del baobab se juntan los padres a tomar vino de palma hasta caer la noche. Mientras, los jóvenes se conocen. Si se gustan pasan la noche juntos. Si ella queda embarazada es buena chica y pueden casarse. Entonces, el joven deberá llevar fruta de cola y cuerdas de Baobab como ofrenda a la familia de su nueva esposa.

En algunas casas un hombre vive con cuatro esposas. La suegra descansa y vigila. Cada una tiene su habitación y cocina. Así evita que peleen. En promedio tiene seis hijos con cada una.

Por las noches la luz proviene de velas, estrellas y linternas. Algunos niños juegan y gritan. Los hombres charlan y beben té negro con azúcar. “Las costumbres han cambiado”, opinan. Las antiguas veredas son caminos de piedra. Animistas, católicos y musulmanes conviven.

Ellas se quejan de que ellos descansan. Cuidan a los hijos y trabajan el huerto. Ellos piden más té. Les gusta con espuma. Dicen que el primer trago debe ser amargo como la muerte. El segundo dulce como la vida y el tercero, poco dulce, como el amor.