Sólo terracería. Al chofer del autobús parece no importarle. Acelera sin límite. Los bultos duplican su altura.

Con el claxon  intimida a todo aquél que quiera cruzar: niños, cabras, gallinas, monos, aves, musañas, jabalíes y vacas. Si aparece el asfalto lo evita. Prefiere la tierra. Es menos riesgosa.

Los termiteros parecen catedrales. Cada uno es un organismo. Arquitectura natural. A los chimpancés les encantan. Con una rama los escarban y degustan las termitas.

La tierra es roja. Las copas de los árboles verdes. Es temporada de secas. El calor y la humedad se concentran. Por las noches sorprenden los rayos de las tormentas que se avecinan.

Las casas en las aldeas se construyen circulares. Las llaman “chuni”. Techos con estructuras de bambú, hierbas secas y paredes de lodo. En algunas parcelas levantan tres, cuatro. Las rodea poco ganado.

Entre los arbustos secos se quedan los plásticos. Llegan volando. Hay teléfono pero no electricidad. Muchos tienen servicio móvil con acceso a internet y Facebook. Por ahí aprenden qué deben querer y comprar. Un bombardeo constante de lo que carecen. La colonización en África es ahora digital.

Lo poco que llega a las aldeas lo adquieren: galletas, refrescos y otros productos que traen de la ciudad. Así pertenecen al mundo occidental.

Conectan los teléfonos a pequeños paneles solares. Los pocos que tienen los comparten. No hay basureros. Los desechos van al suelo y cada vez son más.

Las cabras se persiguen unas a otras. Pelean. Después se las comerán. Los niños juegan con llantas. Las pocas aldeas están dispersas. Asentadas junto a los ríos. Ahí, las mujeres lavan la ropa y se bañan.

Los blancos son sinónimo de poder y dinero. Les gusta regatear. El transporte público no parte hasta que todos los asientos se hayan ocupado. Saben que los blancos siempre tienen prisa. El conductor ofrece salir más rápido si se pagan los asientos vacíos.

Vamos rumbo a la tierra de los chimpancés, al País Bassari. Senegal frontera con Guinea-Bissau. El paso entre las dos naciones está cerrado por enemistades, enfermedades y la amenaza terrorista. Temen que pronto llegarán. Algunos atraviesan la selva y se cruzan en moto o a pie para visitar los mercados, comprar colchones, telas y más.

Nos instalamos en la comunidad de Dindéfelo. Formaremos parte de un programa piloto de acercamiento a las comunidades de chimpancés salvajes del centro de investigación Jane Goodal.

Por los caminos del pueblo encuentro más basura. Dormimos con una familia local. Cenamos arroz y un poco de pollo. Un mayate se estampa, chamusca en un foco que enciende un panel solar, y cae al piso. En segundos es devorado por cientos de hormigas.  La naturaleza no perdona la debilidad ni la enfermedad.

Por la noche se oye llorar a los perros. Salen a buscar comida. Los aldeanos loa tratan mal. Les disgustan, los creen seres maléficos que atacan al ganado. Los patean y entre ellos pelean.

El calor, devastador. Mosquitero para los extranjeros. Hay malaria, alacranes y mambas. Para poder dormir hay que salir de la habitación. Lo hago sobre una mesa de bamboo donde el viento azota. Puedo reconocer Marte rodeado por miles de estrellas. La bóveda estelar es memoria, ideas que perduran.

Cuando los grillos dejan de cantar el sol ilumina un cielo nublado. Samba, el guía, nos espera. Debemos salir a las seis. Para la selva: botas, pantalón largo, agua y mucho filtro solar.

Hay que tener cuidado al pisar. Las serpientes se esconden abajo de las piedras. Las mambas son territoriales y muerden. Por eso conviene usar botas. Su veneno es de los más potentes que hay.

Zumbido de insectos. Las aves cantan. Advierten al resto de los pobladores de la selva sobre nuestra presencia. El camino es tupido. Los árboles también. Algunos parecen de más de cien años. Los rayos del sol no llegan al suelo.

Encontramos rastros: frutas comida, mordida por chimpancés, algunas eses y sus nidos, que son de hojas, madera. Pueden construir uno distinto cada día.

Se mueven constantemente. Caminan por el suelo pero duermen en las copas de los árboles. Se alimentan de fruta. Viven en sociedad y lo aprovechan para cazar. Afilan lanzas. Se organizan, rodean a la presa y la atacan.

Samba nos recuerda que el silencio es imprescindible. Nos rodean los árboles que son sus predilectos. Se trasladan. Siguen la comida, el agua.

Los escuchamos vocalizar. Atención. Están cerca, como nosotros, de la montaña. Desde lo alto los babuinos arrojan fruta. Entramos a su territorio, nos quieren ahuyentar.

Dos días antes estaban en el mismo lugar, junto al río. Ahora unas mujeres con bebés amarrados a la espalda lavan ropa. Samba dice que no les importa, igual se pasean por ahí. Las observan.

Horas después vamos rumbo a un bosque de termitas. “Verlos es cuestión de suerte”, nos recordaron antes de salir a caminar. “Nada” me dice Samba con señas preocupado. Nos  comunicamos con miradas.

Saltamos lianas y cruzamos ríos. Las termitas chillan. Advierten que si te acercas se molestan y muerden. Es difícil abrirse paso entre espinas.

Volvemos a escucharlos. Sentados sobre piedras sabemos que nos rodean.

El universo son olores y sonidos desconocidos. Los chimpancés parecen haber subido a la montaña.

“Hacia acá” vuelve a guiarnos Samba. Entre troncos, lianas, árboles, caminos de agua y piedras descubrimos una cascada.

Cuentan que una tarde, un cazador de Guinea que vivía en la meseta decidió bajar la montaña. Entonces se encontró con un área fértil y repleta de animales.

Regresó por su mujer y la convenció pues ahí encontrarían un mejor futuro.  Junto con otra pareja fundaron el pueblo de Dindéfelo, que significa, al pie de la montaña.

Otra tarde salió a cazar. Le atinó a un jabalí. Éste escapó dejando un rastro de sangre. Lo siguió hasta llegar a la cascada. Entonces, detrás de las lianas, encontró un oasis repleto de fauna y agua.

Entendió que la cascada era sagrada. Agua cristalina, pura, llena de vida. La caída con más de cien metros de altura. Si se mira hacia la cima, se delinea el mapa del cielo como si existiera infierno. El agua escurre sobre un muro de granito vivo por helechos, lianas y musgos que salen de entre las piedras.

Al cumplir dieciocho años, circuncidaban a los hombres cortándoles su prepucio. Bajo el agua se lavaban. Luego, con la pulpa de una fruta se curaban.

Los chimpancés defienden el secreto de su montaña y asustan a los niños. La población crece y amenaza.

“El corazón de África siempre será indomable”, explica Samba, y poco después nado en la poza que al caer forma el agua.

Llegamos a la cima de la montaña. Vamos rumbo a otra aldea. Otra vez los puedo escuchar. Ahí están. Han vuelto a la cascada.