Nuestro objetivo era llegar a la tierra que vio nacer al gran Freddy Mercury. Saldríamos de Ciudad del Cabo, atravesaríamos Sudáfrica, Botswana, Zambia, Malawi, Mozambique y Tanzanía para tomar un ferry y desembarcar en la isla de de las especias: Zanzibar.

Mi amigo Jimbo y yo hariamos el trayecto por tierra, en transporte público y aventón, con una mochila en la espalda, casa de campaña, colchón inflable (sin bomba mecánica, a puro pulmón) y un mapa cuya pesadilla era abrir y volver a doblar pues estaba roto. Regalo de otro amigo que años atrás había atravesado el África subsahariana.

Mi madre, preocupada por la Malaria, pidió que me informara e investigara dónde podía toparla y cómo pelearla. En la entonces sólo ciudad de México, visité el Instituto Nacional contra Enfermedades Tropicales. Me entregaron un mosquitero y decenas de pastillas que debería tomar diariamente.

En territorio africano descubrí que la pastilla que me habían entregado ya no funcionaba. El mosquito se había hecho resistente al activo del medicamento y me recomendaron cambiarlo.

También me explicaron que no existía vacuna. Lo mejor era comprar un tratamiento profiláctico que consistía en tomar una pastilla un día a la semana siempre y cuando estuviera en zona de malaria: rural, abundante en animales y con agua estancada.

La primera pastilla la tomamos en el tren dejando Ciudad del Cabo. Mientras Table Mountain y su turbante de nubes se hacia pequeña ante nuestros ojos.

enfermedad

Pasaba el tiempo y llegábamos a lugares que advertian ser nido de Malaria. En algunos la advertencia era mayor. En Malawi presumían de tener la peor de todas. Malaria cerebral, capaz de matar a alguien en dos semanas. Mismo tiempo en el que, después de ser transmitido por el mosquito, el parásito comienza a demostrar sus martíferos efectos.

En Malawi, aparte de la pastilla, nos embarrábamos repelente. "El mosquito que porta la Malaria sale por las tardes y noches, debe ser hembra y no produce ruido" nos advertían. Así que cuando escuchábamos un bzzz sabíamos que estábamos a salvo.

Las noches que tomábamos la pastilla se convertían en pesadilla. En una isla al centro del lago Malawi desperté en sudor. Provocaba sueños febriles. Yo bordaba una manta, con mucho cuidado y amor. Usaba cientos de hilos. De pronto llegaba a una de las esquinas y sin dolor ni duda seguía cociendo sobre mi piel. Jaime también se quejó. Esa noche se le apareció un chihuahueño que lo mordía y perseguía por toda la isla. Las ondas del agua del lago sonaban como tormenta y la cabeza, por más despierta y fría que la sentía se había convertido en un mar de pesadillas. El efecto de la pastilla duraba dos días.

En la recta final del viaje, en la remota zona del norte de Mozambique, a la que los locales denominan "el fin del mundo", el transporte público era realmente escaso. Debíamos pedir aventones a locales cuyos autos circulaban una vez a la semana. Sólo unos cuantos podían atravesar los ríos y fangos que rodeaban.

Sin carreteras, en un momento tuvimos que desviarnos y seguir vía la isla de IBO, erróneamente autoproclamada como una Isla Bien Organizada.

Entre más al norte estábamos más calor encontrábamos. Una noche sin luz, con velas y sudor, tuvimos que dormir en el piso. La piedra del suelo era la única que no quería calcinarnos. Esa noches olvidamos el mosquitero.

Al llegar a la frontera entre Mozambique y Tanzanía hubo que cruzar en lancha un río. Luego migración: cuatro casas de lodo, palos y palmeras. Entonces sentí que mi estómago gritaba y pregunté por un baño.

Me señalaron unos arbustos. Detrás había un hoyo sobre un montículo alto. Lodo. En países musulmanes la letrina es un lujo exclusivo para los hombres. Las mujeres debemos evacuar en cunclillas. Inimaginable pedir papel o una servillleta. En Malawi, se limpiaban con los billetes de menor valor. Eran tan sucios que convenía evitar el cambio.

Dejamos la frontera y ocho horas depués, sobre una camionneta pick up, cargada de comida, refacciones y personas, bajamos en lo que llamaban ser la primer "ciudad".

El malestar me hizo pensar que se trataba de una infección intestinal. Llevábamos dos meses viajando y el menú era siempre igual: pollo y papas fritas. Algunos huevos duros, galletas y a veces, ensalada. Habíamos tomado agua de varios lagos que luego entenderíamos era muy ariesgado.

Mi malestar era general. Desde una embarcación había volado mi chancla y en una gasolinería el chofer había desamarrado y olvidado mi otro par de zapatos.

No había donde comprar nuevos así que Jaime me prestó unos tipo crocs piratas que había comprado de un coloured en Ciudad del Cabo. Los crocs, horribles en todos los sentidos, me crearon ampollas. Las ampollas, favoritas de las moscas africanas, se infectaron.

Sentía el dolor de las infecciones y el malestar del estómago. Creía que podría ser consecuencia de aquellas. Buscamos un hotel con escusado pero nada. Mi malestaar era cada vez mayor y Daar es Salaam, la capital más cercana, estaba a nueve horas en camión.

Preguntamos por un aeropuerto. Sí había. Era una pequeña pista para avionetas. Una compañía con un vuelo a la capital al día. Costaba cien dólares. Ni modo. Nos urgía comer más variado, bañarnos, dormir sin sudar y descansar.

Boleto en mano esperamos. El avión venía media hora tarde. Pasó una hora. Preguntamos qué sucedía. El avión se había averiado. Uno de los motores no funcionaba.

Mientras, yo era un polizonte en el baño de hombres. Jaime, desde afuera, vigilaba que no se acercara ninguno. El baño de mujeres era mucho más sucio y descuidado que el de hombres.

Avisaron que enviarían otro avión así que la empresa nos regalaría una comida. "Más pollo fito y papas fritas" exclamó Jaime al ver el plato. Concluimos que mi mal debía ser consecuencia de la nutrición.

El nuevo avión no venía del todo arreglado. El azafato advirtió que no servía el baño y que los compartimentos de arriba no cerraban.

Una hora después aterrizamos en Daar es Salaam. Comí sopas, pan, ensalada, verduras y sentí que mi cuerpo mejoró. Me bañé y dormí horas. Mi estómago ya no batallaba y el malestar general había pasado.

Pasamos tres días en la ciudad disfrutando de la regadera y los restaurantes que durante dos meses y medio habíamos extrañado.

Recuperamos fuerzas y abordamos el ferry rumbo a Zanzibar. Durante el trayecto cientos se marearon y casi una decena vomitó.

Finalmente llegamos a Stone Town y escuchamos sus cantos, rezos musulmanes, caminamos por sus callejones de puertas de colores, niños jugando y gatos cazando. Nunca había visto gatos así. Eran delgados y con ojos muy rasgados. Como si alimentarse de puro pescado los hubiera mutado.

Decidimos rentar una moto pues de otra forma sería difícil llegar al norte de la isla. Nos la entregarían por la mañana así que salimos a cenar y festejar que habíamos llegado a nuestro objetivo.

Bebí dos cervezas locales y platicamos con otros viajeros. Antes de las doce mi cuerpo descansaba sobre la cama.

Por la mañana tocaron la puerta. La moto había llegado, debíamos recibirla y aprender a manejarla. Nunca me han gustado las motos. Jaime quería que fuera yo pero me sentía aplastada, atropellada y golpeada.

No podía mover las piernas, los brazos. Abrí los ojos y veía las sábanas blancas y el mar celeste que nos rodeaba. Jaime recibió la moto. Una hora después entró a la habitacion y me apuró, "gordita es hora de seguir".

La infección estomacal habia regresado mucho peor. Con dificultad me moví y tomé un calzón, un traje de baño y un cepillo de dientes de mi maleta. Era lo único que cabía en el compartimiento de la moto y no necesitaríamos más, pasaríamos los siguientes días viendo y viviendo del mar.

Jaime arrancó la moto. Apenas podía yo guardar equilibrio. Atravesamos la ciudad. En una encrucijada una camioneta asustó a Jaime y en vez de frenar aceleró.

Chocamos de frente. Desde el suelo abrí los ojos. Sorprendidos y curiosos nos rodeaban cientos de negros cuyas dentaduras blancas parecían las conchas de sus playas. Nos levantaron y rápidamente ofrecieron arreglar la moto para que la empresa que nos la rentó no lo notara. Harían el trabajo por diez dólares y en media hora.

Esperé a que terminara la compostura bajo una sombra junto a una agencia de viajes. A su empleado le pregunté si era zona de Malaria. "Oh, It’s full", respondió.

Mi malestar crecía y me confundía. La infección de las ampollass había mejorado un poco. Jaime me recogió en la moto arreglada y seguimos viajamos por dos horas, bajo el sol, con la cabeza cubierta con una tela como el resto de las mujeres musulmanas.

Buscamos hotel. Todos caros. Jaime rebajó uno de cuatro estrellas de 120 a 70 euros. De todos modos lo rechazó. No teníamos ese presupuesto.

Encontramos uno frente al mar en un pequeño pueblo al noreste de la isla. Caí sobre la cama y le pedí a Jaime "busca a un doctor".

Encontró una minúscula clínica con un enfermero. Le dijo que no podía visitarme pero le entregó a Jaime un vidrio y una jeringa sellada. "Pícala y traeme su sangre" le indicó y Jaime lo hizo.

Esperé. Al abrir la puerta anunció "gordita tienes malaria". Ni la pastilla, ni la red, ni las noches de pesadillas habían ganado contra el maldito mosco.

"I have two medicines, the expensive one, the one I use, which one do you want?" Jaime parafraseó al enfermero. Escogí "the one he used". Sabía que la malaria variaba por región y no todas las medicinas la combaten.

Tomé la primera dosis y esperé a descubrir de qué se trataba la enfermedad que mata a miles cada año. Todos hablaban de la Malaria, de su peligro pero nadie de los síntomas. Comprendí que por eso es tan mortal, a nadie le pega igual.

La única forma en la que podía contagiar a Jaime era si el mismo mosquito me picaba a mí y luego a él. Así que durante el día estaba en la playa y por las noches se envolvía en el mosquitero.

Mi cuerpo se debilitó. Tomaba agua para no deshidratarme. Perdí peso. Pasaba el día encerrada, dormida. A veces leía.

"You have Malaria? you are going to die!" decían los turistas blancos cuando les contaba. "Oh! I get it once a month!" reían al responder los locales.

Pasó una semana y recobré fuerzas para visitar la clínica. En una pequeña habitación el enfermero me pidió que viera por el microscopio. "Thats the parasite" repetía y señalaba mi sangre.

Unos decían que el mejor remedio era encerrarse en el cuarto y fumar marihuana. Otros me regañaban por haber tomado pastillas en vez de ginebra con agua quinada. A mi madre preferí avisarle cuando el peligro ya había pasado.

Regresé a Stone Town. Evitaba el sol pues seguía cansada. Ese sentimiento me acompañó durante los siguientes meses. Despertar no era difícil pero levantarme y arrancar el cuerpo: una batalla.

En Johanesburgo visité un hospital. Diagnosticaron que ya estaba bien. Que el enfermero me había dado la pastilla indicada.

Meses después, en la ciudad de México, Jaime tocó la puerta de mi casa. En la mano cargaba una revista National Geographic. Era un especial sobre la Malaria. "Ábrela y ve el mapa gordita, nuestro viaje siguió la ruta de la Malaria".