“¡Qué salgas!” gritaba Alfredo visceral y a todo pulmón.  Mientras, su tía Adita lo observaba muda detrás de la ventana de vidrio y herrería que la separaba de la calle. “No lo hagas” escuchaba desde el fondo de la habitación. Era la voz áspera y serena de su hermano Pedro.

Ambos estaban viejos, reumáticos y tosían constantemente por la humedad que desmoronaba las paredes. Alguna vez a la casa la bañaba el sol pero la colonia Juárez cambió y junto construyeron una torre con cientos de departamentos que los dejó en penumbra.

La casa había sido de su padre, un general de la Revolución que dieron por muerto. A la familia le anunciaron “cayó como héroe”. Pero, tras dos heridas de bala, el general ensangrentado, ayudado por su rifle, trepó a un burro y le pidió que cruzara la colina hasta las vías del tren y seguirlas. El burro obedeció y el general tocó la puerta de su casa poco después de terminado el novenario.

Ganó popularidad y un buen puesto en el nuevo gobierno. Se forjó como coleccionista de armas, libros y animales disecados a los que él jalaba el gatillo. Al morir confesó haber escondido dinero en la casa pero no recordaba dónde. Dejó todo a sus tres hijos. La menor, madre de Alfredo, murió joven. Era el único nieto.

Pedro y Adita se mudaron a la casa. La pintaron verde menta. Rebuscaban lo que su padre había olvidado. Pedro dormía en una recámara rodeado de monedas tiradas en el piso de países que el general había pisado. Aída limpiaba las armas y desempolvaba los libros y taxidermia.

Alfredo quería vender la casa. Unos constructores lo habían convencido, le darían comisión y levantarían un centro comercial.

Pedro se opuso tajantemente. Corrió a Alfredo de la casa y lo golpeó. Adita era ingenua y fácil de manipular. Volvió a tocar y ella abrió. El agarrón fue peor. Gritos, golpes, amenazas. Alfredo terminó aventando a Adita al suelo y cubriendo la cabeza de Pedro con una bolsa de plástico. Quería forzarlos a firmar.

Cerraron con llave y dejaron de salir a la calle. Una mañana de enero una neumonía dejó helado a Pedro. Adita quedó desconsolada y Alfredo la visitó. Firmó el contrato y se mudó a un departamentito lejos.

Alfredó se instaló en la casa y comenzó a revisar todo. Sacaba lo que creía basura y vendía lo que podía. Abría cajas y maletas. Buscó entre los libros, tiró cortinas, closets, destazó abrigos y acuchilló cuadros. Iracundo, maldecía la memoria del abuelo, de sus tíos.

Con un martillo comenzó a golpear las paredes. Hacía hoyos mientras que el cascajo caía sobre muebles, libros y más recuerdos de su abuelo a los que llamaba mugres.

Llegó la grúa para derrumbar y Alfredo seguía pegando. Advirtió que podrían encontrar una fortuna suya. Vigiló la demolición con atención. Entre los escombros seguían las monedas regadas y el rifle que alguna vez salvó a su abuelo.