A Julia la cruzó un perro con las patas traseras rotas. Con ayuda de las delanteras se arrastraba hasta llegar a una jardinera. Entre sus setos y arbustos desapareció. Por la cuadra de Julia siempre había perros rondando. La mayoría con dueño. El resto callejeros.

Desde temprano, un viejo camina con su manada. A cuatro los amarra en pareja. Parecen estopa vieja. Uno anda suelto. El sexto, de pocos meses, anda a su lado con correa. “Es un pilluelo”, dice el viejo con bigotes de aguacero. Ya le comió los sillones de la sala y se pelea con los más veteranos.

Después de caminar se detienen en una banca y el viejo lee el periódico. Pasea con gorro. No es de dandy, tampoco de vagabundo. Es malhumorado. Se queja, provoca a los automovilistas y al eco de sus gritos le gusta ser público.

Mateo y su dueño también pasean dos vueltas a la cuadra todas las mañanas. Ambos robustos, cara ancha. Mateo es un Bulldog. Vecino y archienemigo de Pinto, uno de los perros de Julia. Cada vez que pasa junto a su puerta la mea.

El dueño de Mateo usa lentes de armazón grueso. Cuando ve a Julia caminar con sus perros y a él lo acompaña Mateo se esconden entre los matorrales y salen corriendo. De encontrarse, los perros jalonean fuerte, ladran, se erizan de la cola al cuello y es imprescindible cambiar de ruta.

En una ocasión Pinto mordió a Mateo. Julia no recordaba pero el dueño de Mateo sí. En una plática, sin perros, sobre la banqueta se lo recordó.

A media cuadra de Julia y arriba del restaurante Buen día vivía Danzón. Era pequeño, negro y sordo. A Trapo, el otro perro de Julia, no le caía bien. Se ladraban. Danzón dejó de ser visto paseando la cuadra pero a su dueña no. La teoría del paseador es que la desesperó y lo regaló.

Julia se acercó a la jardinera. No podía ver nada. Matorrales tupidos. Algo sorprendente en invierno. En un rincón descubrió un balde con agua y una bolsa de croquetas.

“Hace un rato andaba vagando del otro lado de la calle” sentenció el viejo lavacoches mientras tallaba con fuerza y sacaba espuma a los tapetes de un Ford. El único auto estacionado en la cuadra, “sólo sale cuando riegan la jardinera o busca comida”.

Julia siguió buscando con la mirada. Un cachito de pelo se asomó fuera de la jardinera. Ahí estaba. Se acercó pero seguía estando lejos. Era tamaño mediano. Criollo. Pelo corto, color almendrado. Moteado en blanco, negro y gris.

La calle vacía. Las mujeres de oficina con tacón y la burocracia de corbata del diario estaban de vacaciones. Era un barrio de tránsito. Con edificios. Calles rotas. Prostitución. Al sentir la presencia de Julia el perro se escondió más.

A la mañana siguiente el silencio regía el barrio. Un lujo en la ciudad. Algo de neblina y un poco de humo. Julia desde su ventana observaba la jardinera. Sólo la distraía el silbido de la pava que anunciaba que el agua hervía. A Julia le gustaba el té. Compró una pava pues creció segura de que si la veía, el agua nunca herviría.

La rutina diaria comenzó. Primero el viejo con su manada. Luego Mateo con su dueño y otros más. Al pasar la jardinera todos los perros gruñían y ladraban. Los humanos ni lo notaban.

Con una bolsa de croquetas Julia se acercó a la jardinera. Se había propuesto agarrarlo. Los vecinos estaban fuera así que podría tenerlo en su patio durante un tiempo en lo que sanaba. Luego le buscaría otro hogar.

Ahí estaba. Agazapado. La veía a los ojos. Acomodó más croquetas junto a las que ya estaban. Se las había puesto el viejo lavacoches. Todavía le quedaban unas cuantas.

Un joven, acompañado de una mezcla criolla y peluda, se acercó. Su perro metió la cabeza a la jardinera y  gruñó más fuerte que los demás.  Luego atacó. El dueño logró controlarlo y el lastimado se arrastró lejos, hacia la calle.

Lo vio partir. Estaba asustado. Parecía que lo habían atropellado. Julia sacó a sus perros y caminó la manzana. Pinto, de origen callejero, era el más agresivo. En una riña con el más pequeño le atravesó el ojo con su colmillo. Era grande y el pequeño se sentía gigante. Ambos dominantes. El pequeño quedó tuerto, con la córnea desprendida y retina de gelatina color nebulosa.

Por la cuadra solo encontró ratas. Habían dejado su madriguera en busca de alimento. Al verse sorprendidas corren y se esconden en hoyos. Entradas diminutas a mundos subterráneos.

Julia leía Farabeuf y tomaba té mientras espiaba los movimientos del perro que había vuelto a la jardinera. Lo veía levantarse y comer. Se camuflajeaba. El viejo lavacoches era el único trabajando. Flaco de pocas canas. Algo de barba. Callejero. Directo. Brusco. Observador. Se agacha y con un cepillo talla cada tapete del coche. El primero en llegar. Siempre en colores oscuros. El perro lo observa. Lleva cuatro días.

Julia compró alimento y le preguntó a un veterinario. Dictaminó que de haber sufrido daños internos ya estaría muerto. Una llanta les revienta todo por dentro. Creía ser algo óseo. Por eso seguía vivo. Pero sin poder apoyar bien casi tres patas no seguiría por mucho.

El veterinario ofreció conseguir una caja para atraparlo. Ponerle una carnada y cerrar la puerta con una cuerda desde lejos. Le hablaría a un amigo y luego se comunicaría con Julia.

Notaba que no se acababa las croquetas pero si el agua. Sus perros ladraban hacia la ventana, al pasillo, a la nada. Otros, a lo lejos, acompañaban. El veterinario no consiguió la caja y Julia llamó a rescate animal.

Reportó al perro, su condición y ubicación. Aclaró su interés por quedárselo. El telefonista, extrañado, respondió ser la primera llamada que atendía en la que el denunciante quería al denunciado. Prometió reportarlo e insistir pues la mayoría de las llamadas, al saber que alguien ya estaba alimentando al animal, terminaban desatendidas.

Julia se puso a barrer y levantar trastes. Cocinó. Los perros corrían alrededor de la mesa y levantaban polvo. También tiraban pelos. Volvió a barrer.

Sonó el teléfono cerca de las diez treinta de la noche. Era rescate animal. Una patrulla se estacionaba frente a su domicilio y cerca de la jardinera. Bajaron dos policías más altos y briosos que el promedio que deambula la calle. Armados, con chaleco.

“¿Cómo no traen jaula o dardos adormecedores?” enfrentó Julia, “el animal no se deja agarrar, hay que capturarlo”. No llevaban sedantes. Solo una vara de control: un palo con correa. Y una cobija café. Pidieron a Julia les señalara al perro.

El más alto sostenía la vara de control. Frente a la jardinera se agachó y sacó una linterna con luz blanca. La luz reflejó en las pupilas del perro y en segundos se levantó y arrastró fuera.

El par de policías se gritaron entre sí y comenzaron a perseguirlo. Uno aventaba la cobija mientras que el otro intentaba agarrarlo del cuello con el palo. El animal, asustado, se impulsó con el último aliento hasta escapar.

Julia observó preocupada. No quería que volviera a ser atropellado. Había poca luz y ningún coche lo notaría.

Los policías decidieron interceptarlo desde otra ruta. Confrontarlo de frente. Un hombre que esperaba bajo la sombra del farol abordó a Julia. La esquina era su oficina nocturna. Rafa. Pantalones entallados, tenis y sudadera abierta mostrando pelo en pecho y pectorales firmes.

No había llegado su clientela. Mayor en temporada de calor. Al ver la reacción precaria de los policías se preocupó. El perro podía salir más dañado. Corrió para alcanzarlos. El perro escapó.

Los policías intentaron convencer a Julia de que era mejor dejarlo ir. Confirmaron era hembra. Dijeron que lo mejor era que muriera. Era su naturaleza. Vida libre, de calle, sin ataduras. Un ambiente diferente podría ser contraproducente. Podría ponerse agresiva y atacar.

Rafa realizó dos llamadas y escribió en un papel su número telefónico. Se lo entregó a Julia, “un amigo me pasará el contacto de un vendedor de dardos con somníferos, llámame mañana”. Se despidió de beso y abordó un auto que lo esperaba con las luces prendidas en la esquina.

Pasó la noche, otra mañana, y otra tarde más. Julia seguía observando desde la ventana. Las croquetas, un hueso y el agua se mantenían intactas. “No ha vuelto” le dijo el viejo lavacoches, “puede ser que ya se regresó a la que sea su casa pues en las mañanas lo primero que hacía era probar sus patas. Las apoyaba y sentía”.