La banqueta caliente. Las nubes cubren las montañas que rodean a la ciudad de San José. Se acerca la lluvia. Larry habla tico. Usa las manos para expresarse. Cejas delineadas y dedos delgados. Noto que en el iris izquierdo tiene una mancha negra. Sus ojos son cafés.

“Usaban una motoguaraña” responde sobre la mancha y actúa como si moviera una máquina para cortar pasto. “Estaba viendo y le pegó a una piedra que rebotó y me pegó en el ojo”. Aunque lo lastimó siguió viendo igual.

Larry es de la Carpio. De Costa Rica. Creció entre casas de lata con pisos de tierra. La gente llegaba y se las adueñaba. Jugaba a pelotazos de lodo. También a robar mangos. Era el más delgado y ágil así que le tocaba subir al palo, agarrar los mangos y aventarlos. Mientras, otro vigilaba que no llegara el dueño. El resto de los cómplices conseguía el chile, los limones, unas tazas y sal. Los pelaban y almorzaban en la calle.

A los cinco años vio El Chavo del Ocho. Cuando don Ramón le puso los guantes a El Chavo pidió a su padre que le tocara el brazo y prometió ser campeón mundial. Su padre rio. También le pidió un par de guantes pero no se los podía comprar. Ingenió unos con toallas. Se las amarraba en las manos y se agarraba contra su hermano mayor.

El hermano no era muy afectivo. Larry buscaba cariño. Se hizo de calle. Encontraba amigos, la pasaba bien una tarde pero al día siguiente se enteraba que hablaban mal de él. “Siempre le he tenido temor a Dios”, agrega moviendo las manos. Habla contra el viento. Me cuesta escucharlo y entender su acento.

Su madre era ama de casa. Su padre andaba en la agricultura. Su casa estaba enfrente de la esquina.  No le gustaba perder. Una tarde jugó muralla China con unos maes. Se ponían en fila agarrados de las manos. Otros encima. Los de abajo se mueven. El que cae pierde.

Larry se movió y un mae cayó. Argumentó que no se había caído así que Larry le pidió se quitara de encima y no lo hizo. Le pegó un codazo y lo batió. Comenzó el agarrón. Su padre pasó. Era cristiano. No le gustaban las riñas callejeras. Lo regañó enfrente de todos.

Desde la esquina, otro mae observaba “los pichazos. El perro. Sabía quién era Larry pues conocía a su hermano que ya era pandillero. Le cuadró su estilo. Lo buscó y se hicieron amigos.

Era diferente. En El perro descubrió confianza. Era más grande. Si alguien le pegaba él respondía. Un hermano de calle. Lo despabiló y respetó.

Otros amigos le decían que era “una loca”, “un pollito” pues Larry no quería robar. El perro sentenciaba “dejen al mae en paz”. Caminaba con su pelota, su gente. Era un líder. Los fines de semana se encontraban en la esquina.

Un sábado de loquera fueron a un bar. Larry se escapó de su casa. Fue la primera vez que se emborrachó. Sus amigos estaban inhalando cocaína. Los miró y les pidió. Quería entender por qué la probaban a cada rato. Sintió una adrenalina que no era la suya, fuera de sus cabales.

Esa noche El perro fue gorreado. Que agarran a uno y vengan cinco. Todos le pegaron. Larry buscó “al mae que lo barrió”. Le pidió que se “mandara taco a taco” con él. En la calle, dos pandillas. Uno sale de una y otro de otra. Esos dos se pueden reventar. Nadie más se mete. Sólo los dos. Uno a uno.

Quería vengar a El perro. Lo golpeó con coraje. Lo dejó reventado, con el ojo morado. Al mirarlo sintió satisfacción, se había desquitado.

A El perro se lo llevaron los pacos, la policía.Cuandosalió llamó a un montón de amigos para buscar a los que le habían hecho daño. Larry se asustó al mirar tanta pelota. “Ya fui y saqué jacha por vos, no quiero problemas con pandillas” le dijo y regresó a casa. El perro lo comprendió. La noche cerró con puñaladas.

Otra tarde fueron a uno de los lugares más peligrosos de la Carpio. Junto a El perro,sentía protección. Llegaron todas las pandillas del barrio y se agarraron a balazos. Quedaron en medio. Por todos lados ¡pum! detonaciones. Larry salió corriendo y se escondió en unas gradas. Era una iglesia. Rezó. Pidió ayuda. Salir de ahí. A cambio prometió no seguir de vago.

Cuando terminó de orar pararon los balazos. Dio graciasy se fue para su casa. A El perro le dijo “mae ya no vuelvo a ir allí, ya no más”. Ese año lo expulsaron siete veces del colegio. Tenía quince años.

Le hería que en su casa no le demostraran afecto. En el colegio veía a los padres que felicitaban y besaban a sus hijos. Se sentía mal y triste. Luego se desquitaba con los demás. Los jodía, molestaba y hacía quedar mal enfrente de sus novias.

Cambió de conducta y pasó el año. Se quitó los aretes. Profesores del colegio lo ayudaron. Le regalalaron lo necesario para graduarse pues no tenía dinero.

Me muestra sus tatuajes. Es peso mosca. Cuerpo delgado y apretado. “God die and rose again now lives in my life” leo en su brazo. Está en inglés porque no es algo frecuente. Se los hace un amigo que conoció en el colegio. “No siempre se gana pero tampoco siempre se pierde”, 5/6/2012 (fecha importante con su novia), la ilustración de un pergamino, una pluma y los cuatro nombres de su familia: padre, madre, hermano y sobrino decoran su piel.

Sobre el corazón se ha tatuado Olivas y una golondrina. El apellido de su padre legal. Al biológico lo conoció a los nueve años. Se lo hizo por desprecio. “¿Qué viniste a hacer a mi vida? Ya no necesito amor de padre, ya tengo un padre” lo enfrentó al conocerlo. Creció con su padrastro a quien llama papá.

Rocky Balboa es una de sus películas favoritas. Cuando pisó el gimnasio de box por primera vez pasó minutos viendo los guantes. Se enamoró. Le prestaron unos. Le gustaron tanto que se los quería llevar. Luego le regalaron unos. Eran blancos. Entrenó hasta dañarlos. Ahora los usa rojos.

En las mañanas desayuna tinto como cualquier tico. Arroz y frijoles revueltos. Café, huevo, queso, plátanos maduros. Pasa un rato en casa. Intenta leer algún texto. Leyó “Cómo enriquecerse sin dinero”. Incrementó su fe. Fue parte del cambio. Pensó en ser escritor. Sentía que escribiendo lo que veía perdía el tiempo en algo bueno y no andaba de vago en la calle. Escribía “tonteras, estupideces” que a él le gustaban.

Durante la semana entrena. Toma dos buses para llegar al gimnasio. Uno de cuarenta minutos, otro de media hora. Aunque le da pereza, por las prisas, el desmadre, los cambios de bus y que todos van muy llenos, le gana el sueño del deseo, de ser campeón de boxeo.

Cuando agarra el saco siente adrenalina linda. Ha aprendido disciplina, humildad, a entregar y aprender. “¡Vamos Larry!” escucha mientras pelea, “acuérdese que cuando mande un pichazo no se tiene que acordar solo de usted, se tiene que acordar de El perro, de Chambamba, los manes que han muerto, de todo el mundo porque usted es un mae de calle, hijo de puta, y tiene que salir adelante para cuando usted sea grande no se olvide que salió de la calle y que la calle manda”.

Todos los días Larry atraviesa la esquina. Intenta no salir para evitar. Tratar de cambiar. Pero no se puede alejar de los amigos que siempre están ahí. El perro llega por las noches y los fines de semana. Se buscan y conversan.

Cuando pronunciaron que Larry, La Gacela, Olivas había quedado Campeón Nacional Amateur sintió lindo pues era por primera vez campeón. Pero se fue. No pudo entender por qué. Dejó el gimnasio con el equipo puesto. Como si no le hubiese interesado. Salió con vendas, zapatos. Cuando llegó a la Carpio le preguntaban “mae ¿cómo quedó?” “Gané gracias a Dios” respondía y lo abrazaban. Pero siguió partiendo. No se sentía lleno.

“¿Me entiende?”, termina la frase, “como que deseo algo más”. Entonces apareció El perro. Lo abrazó y le pidió que lo disculpara por no haber llegado. Todo el mundo había amanecido muy drogado, muy alcoholizado y se les pasó el tiempo. “Tranquilo mae, no se preocupen, estuvieron los que tenían que estar”.

Larry viste camiseta y gorra azul. La mayoría del tiempo sale con reloj. No sabe por qué pues “legalmente el tiempo no importa”. Le parece interesante. Suena su teléfono móvil. Es su padre, le pregunta “¿cómo está?”.  Se despide con”te amo”.

Hace un año dos amigos se agarraron en la esquina. Uno apuñaló al otro. Larry lo llevó al hospital en moto. Murió en sus brazos. Vuelve a recordar a la Carpio y guarda silencio. La esquina, su hogar. Le parece el lugar más lindo que hay en el mundo. Sus amigos y ese montón de drogadictos que cada vez que los topa se siente en familia.

“Como mi papá siempre anda con reloj y todos mis amigos también, por eso la ganga del reloj” retoma y lo observa sobre su muñeca izquierda. Carátula negra, redondo y de acero inoxidable hasta las manecillas. “Si quiero ver la hora la puedo ver aquí”, sobre la otra mano me muestra su teléfono móvil, “de hecho, ni le entiendo a este reloj”.