Reí al pasar el detector de metales en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez y una mujer robusta de la Policía Federal me señaló y detuvo. “¿A dónde va?” preguntó. “Lejos del Papa”, respondí y me separó de la multitud para realizarme un cuestionario a profundidad. Dos horas después mi vuelo despegó.

“Restaurante La Candela, bienvenidos a Costa Rica” leo en un letrero oxidado poco después de aterrizar en un valle. Una nube gigante parece comerse la cumbre de las montañas del fondo. Me veo las uñas. La del cordial izquierdo está ondulada. En ellas se descifra nuestra historia: bienestar, miedos, penas y angustias.

En un santuario de mariposas observo sus capullos. Frente a mis ojos brotan sus patitas. Poco a poco sus alas se desdoblan. Su lengua es larga, parecen dos. Días después se unirá. Al nacer, las mariposas, son adultas. Viven entre tres y cuatro semanas. Son frágiles. Seres hechos de detalles, el resultado de los ciclos.

Sus ojos parecen canicas gigantes. Pongo el dedo y una se trepa. Se caga en mí. Su excremento es verde. Mes y medio viven como orugas, sin pulmones. Respiran por agallas. En la pupa tres semanas. Hay capullos de todos colores. Azules, verdes, morados. Los dorados parecen espejo. Me encuentro reflejada en ellos.

Sus alas tienen como escamas que al tacto parece polvo. Éste les permite volar cuando llueve. Cada diseño es único. Las Búho parecen tener ojos en las alas. También se puede encontrar el rostro de una serpiente. Así ahuyentan a sus depredadores. Los machos morfo, mariposas azules, son de color más intenso. Los depredadores las prefieren así. Ellos se sacrifican para que ellas y la especie sobrevivan.

Se esconden entre las flores. Aparecen y desaparecen al abrir y cerrar las alas. Algunas nacen dañadas. Entonces luchan, se revuelcan, caen y mueren. Las alas deben extenderse hasta quedar rectas. Esperan al sol y a la humedad para salir. Con frío les cuesta más abrir las alas.

Cada oruga se alimenta de un árbol, mata o planta. En ésa crece, se desarrolla y al comer de sus hojas adquiere sus propiedades. La Monarca es venenosa, por eso su corona dorada. Cuando sus alas se despuntan y deterioran llegan a su madurez y mueren.

Puedo ver detrás de una cascada. Sus escondites. “¿Alguna vez has visto su espíritu?” me pregunta Diana. Hay que encontrarlo con la mirada. Dura un instante. Veo al centro de la caída de agua. No puedo capturar su potencia.

Al despegar la mirada del agua la pared de piedra y los arbustos remojados que la rodean adquieren movimiento. Se estiran, bailan, derriten. El agua remueve olores. Viajan por arriba y debajo de mí. Atrás del velo están las entrañas, sus misterios.

Humedad. La fuerza se transforma. Agita los arbustos que colgando la custodian. Su caída, como un parto, es sinónimo de poder.

Entre los cafetales, arco iris. En una cabaña nos detenemos a comer casado. Se pronuncia como casao. Es el platillo típico. Dicen que una vez casado es lo que comerás. Un poco de todo y todo un poco aburrido. Me gusta. Se escoge entre chuleta, bistec y pollo. Arroz, frijoles, plátano frito y verduras. Lo acompaña una cerveza Imperial, la local.

El silencio es un lujo. Más para los que vivimos en la ciudad. Diana me cuenta de una playa escondida. Un cementerio del mar. Llega la carroña. Cadáveres de tiburones, caracoles, barcos y más.

Abajo de un puente hay cientos de cocodrilos. Descansan. Unos en la orilla del río. Por momentos aparecen, nadan contra la corriente. Asoman sus ojos y cabeza. Respiran y desaparecen. La mayoría mide más de tres metros. Otros turistas observan desde el puente. Los locales aprovechan. Instalaron un anuncio espectacular junto al río. Es de un champú que “repara el daño extremo en sólo 3 minutos”.

Los monos capuchinos roban comida y todo lo que brilla. Los turistas enfurecen al descubrir sus joyas perdidas.

Por 800 colones abordé el transbordador de Puntarena a Paquera. Para turistas todo es en dólares. El viento intenta arrebatarnos los sombreros. Un hombre cojea y se cubre el oído izquierdo. Ha perdido el lóbulo. De su rodilla cuelga una bolsa de diálisis. Canas, arrugas. La tripulación intenta convencerlo de que no suba por las escaleras y le señalan un elevador. Él se rehúsa. El resto se acomoda en el restaurante. Ahí sí hay aire acondicionado.

El sol me ha achicharrado los hombros. En la televisión muestran jaripeo. El toro en turno se llama El marihuano. El ferry: Tambor II. Una mujer está preocupada. Ve cómo el jinete se golpea contra el ruedo.

Nos alejamos de un trozo de tierra para alcanzar otro. Aves, peces y montañas. Otro arco iris. Huele fresco, salvaje.

Veo el mar, la tierra arrugada, sus diferentes tonalidades de verde y las nubes rosas y azules. Me recuerda Jurassic Park. La película. La original. 1993. Cuando la estrenaron enloquecí. Fui once veces a verla en el cine. Luego la compré en VHS con y sin subtítulos.

Un año después de su estreno, viajé a Nueva York y en un periódico descubrí que la exhibían. Le pedí a mi padre que me llevara. Lo hizo. Como las once veces anteriores. Cuando el velociraptor salta y casi muerde la pierna de Lex y la niña escapa por el aire acondicionado, volví a gritar. Al voltear encontré a mi padre roncando. No entendía por qué si todo de Isla Nublar me parecía una maravilla. Era complicidad.

I own an island. Off the coast of Costa Rica” dice el viejo John Hammond. Así que al bajar del avión le pregunté a la agente de migración “¿dónde se encuentra?” “Creo que por Santa Teresa”, respondió. Desde la proa del ferry se acerca una montaña. Detrás se esconde ese pueblo.

Dos gringas platican. “You know what’s fantastic? Anything is possible!” Una asegura que las mujeres son más reservadas pues tienen menos huevos en comparación con la cantidad de espermas que producen los hombres. Al descubrirlo entendió la naturaleza de sus novios. Su madre es enfermera. Trabaja en un hospital deteniendo la mano de los moribundos. Se ha partido la madre para mantener a su familia. Ella la ve como una esclava. No entiende el sistema.

Tomás, un noruego que escapó de su patria hace nueve años, me pregunta si he hecho kayak antes. Respondo sí. Ya no hay sol. Me pasa un chaleco y enciende una linterna para que pueda caminar descalza, sin pisar insectos, animales o me tropiece con una raíz. La luna parece uña. Hay más viento del que imaginó Tomás.

Culpa a una tormenta en Carolina del Norte que casi destroza a un crucero. El viento es réplica. Salió en las noticias. Por lo general esa parte del mar se comporta como espejo.

Remo contra olas y corriente. Debo seguir a Tomás. No veo nada. Agua irritada, estrellas y oscuridad. Debemos rodear una piedra gigante que parece rodilla. Voy atrás. Tomás es más hábil que yo en el kayak. Del otro lado de la piedra es pura oscuridad. También hay menos viento. Por primera vez puedo escucharlo, “ahora sí, mete el remo y remueve el agua, también usa la mano”.

Al hacerlo el agua se ilumina. Parecen cientos de luciérnagas marinas que prenden en coreografía. Biofluorecencias. Plancton que al ser molestado se enoja y enciende. Entre menos luz se distingue mejor. Escapar de la luna. Con el mar tranquilo se puede nadar. El cielo está estrellado. Millones de puntos infinitos. Cadáveres del más allá.

Meto la mano al agua y al ver el cielo deseo encontrar una estrella fugaz. Nada. Vuelvo a meter la mano y jalo algunas dentro del kayak. Brillan segundos y desaparecen. Una ola casi me voltea. Sentí el apretón del miedo. Estómago y pecho. El viento y las corrientes no me querían dejar regresar.

Un perro me recibe a ladridos. Los veo por todos lados. Duermen en la calle. Se ven alimentados, cuidados. Más que los callejeros mexicanos. El hotel en una intersección de Paquera parece estar vacío. Sólo hay un restaurante chino abierto. El arroz frito lo sirven con pan blanco de caja. Dicen que los chinos se están apropiando del lugar.

A las 8:15 am debe pasar el autobús sobre la avenida principal. Dos cambios después estaré en Santa Teresa. Camino con sol rumbo al paradero. Me sigue quemando. Junto, el cementerio. Está prohibido entrar con bicicletas, alcohol o ebrio. Enfrente un anuncio de Imperial. También preparan micheladas.

Casas de una estancia con árboles florales. Los plantíos están protegidos. Mango, aguacate, palmas y lo que creo son peras. Cada fruta en un empaque. En los cables de luz también hay trampas. Conos con picos para los monos.

Suena un teléfono que nadie contesta. También palomas, su caca me rodea. Los locales pasean en moto y bicicleta. Los turistas en camionetas 4×4. La puntualidad se ha retrasado. “Reina, nena, belleza, amor, mae” y chiflidos se me recetan.

Una herida en mi pierna ha sanado en dos días. El mar y la sal curan. El bus no se detiene. Después me entero que debí pararme del otro lado. Volverá a pasar en dos horas.

Unas aves en las copas de los árboles. Junto a mi llegarían hasta mis rodillas. Negras. No parecen carroñeras. Descansan, esperan. Al autobús le cuestas subir. El chofer mete primera.

Bajo un árbol y un zaguán pido unos huevos fritos con frijoles, arroz y agua de chan. El siguiente bus rumbo a Santa Teresa saldrá en media hora. La soda se llama el Rey, como una marca de café. Un negocio familiar. Preguntan si queda pollo. Responden que una pieza. También me ofrecen chancho y salchichón.

Algunos tocan el claxon para agradecer al otro conductor. Espero afuera del bus junto con una madre y su hija. Del otro lado un autobús ha arrancado sin un pasajero. “Hijo de puta” le grita el gringo. Sigue maldiciendo. Los que lo rodean lo critican.

“Esta muy caliente adentro mi amor” comenta el conductor. “Go back mother fucker” sigue gritando el gringo. “Mother fuckers“. Él intenta ignorarlo. “Don’t get me fucking started you fucking“. Otro autobús ha llegado y el gringo lo aborda.

El conductor parece conocer a todas las mujeres que lo detienen de los pueblos. A una robusta con shorts entallados y mucho maquillaje le da descuento. Al bajar espera hasta que se desaparece. Mientras mira sus muslos y pantorrillas, el resto de los pasajeros festeja a un cachorro que viene a bordo.

En Santa Teresa no hay cuartos de hotel. En una recepción de hotel me localizan un cuarto. Está arriba de un supermercado. Sin vista, sesenta dólares. En pesos sudo. Una pequeña alberca y en mi cuarto una minitele en medio de la pared. Huele a porro. Con el sol no se puede caminar. Espero con una cerveza.

De noche se paran los dealers, es su punto de reunión. Compran y beben cerveza barata del supermercado. Aseguran que Mel Gibson vive ahí. La entrada al hostal es pasando una tienda de surf y el consultorio de un endodoncista. A la tienda de surf se le ha descompuesto el baño. El dueño manda a sus empleados al hostal. El administrador se enoja y los regresa. Quiere poner presión. Ya han pasado dos semanas.

Los encargados son ticos. Llevan ahí poco. Tampoco les gustan los argentinos. Entre las piedras de la orilla del mar se forman albercas. Los gringos siguen paseando en cuatrimoto. Bronceados, mamados. Iguales.

El ruido de los motores rompe la fragilidad del mar. Abajo de una palmera hay pelos de coco. Unas rusas se sientan enfrente. La niña tose. La madre, tipo beluga, habla por celular. Suda bajo el sombrero. Los perros también se refrescan en el mar.

A las cursilerías les dicen playaditas. Junto a unos perros callejeros me acerco al mar. Revisan las bolsas que los hoteles han dejado junto al camino. Entre la arena tesoros de plástico. Los surfers están en el mar. La cultura del cuerpo. Muchos son europeos. Su cabello brilla. Las olas me chupan.

En la oficina de encomienda “se puede mandar al perro, al gato o hasta el marido lo encomiendan por ahí”.

Después de acariciar al pequeño schnauzer su dueña me dijo “se llama Hanz”. Parecía tener calor. “También alergias”, agregó. Alrededor, el golfo de Nocoya. En el ferry Tambor II suena el pito de salida. Dejamos tierra. “Jesucristo es el señor” leo en el único espectacular del muelle.

“Mi templo soy yo” argumenta un hombre en el ferry. Presume su fe, su amor a dios y lo que le ha permitido sobrevivir. Toma más de ocho pastillas al día. Las guarda en un antiguo bote de gel para cabello. Está sumamente delgado y expuesto al sol. También trae una bolsa con comida. Manga corta. Le advierten que San José es frio. No carga ni un suéter. El insiste en que no saldrá hasta la mañana pues sólo le gusta el calor “y así es”.

“Ahora sí llegamos que ya apagaron las maquinas”. Los dueños de Hanz me ofrecen llevar a San José. Acepto. A ella, en un viaje por México, la ayudaron y sentía que conmigo devolvería el favor.

En el auto suena Joan Sebastian. La mujer se enoja con el marido. Quiere ir al baño, está desesperada y él sigue dando vueltas. Frenan en una bomba, gasolinería, y ella me pasa a Hanz. Me muerde. El volumen está tan alto que el marido ni se inmuta. Un hombre se cae de la moto. A ninguno nos ha pasado nada. Ella regresa. El esposo sigue tarareando las canciones de Joan.

Alguna vez conocí a un fotógrafo que lo entrevistó pues Gibson le había fabricado una guitarra especial. Lo vio en su rancho, con sus caballos y platicaron en su bar. Le preguntó ¿quién es Joan Sebastian? Joan guardó silencio y respondió “cuando José Manuel Figueroa llora Joan Sebastian canta”.

Joan visitaba Costa Rica. Maribel, su exesposa era tica. De familia “de cuna”, me confirma la señora pues sus familias eran conocidas. No querían que fuera actriz pero insistió. Les gustaba hablar. Luego de caballos criollos, migración, pandillas y la pobreza que arrasa América Latina.

“En el palo de mango a la izquierda”, algo que inexplicablemente todo San José identifica, me bajo. Así son las direcciones. “Dónde el jeep y su perro”. Extraño el mar pero disfruto la montaña acobijada de nubes. Dicen que es porque se acercan las lluvias.

A las buganvilias les llaman verneras. Todas tupidas. “San José es feo como mi berruga” lo describió alguna vez Mauricio Sanders. En una sala del hotel Continental un grupo de mujeres, todas extranjeras pero casi ticas, se reúnen a jugar Burko. Lo hacen para conocerse, crean familia. Entro en una partida. Pierdo. Una mujer mayor llama mi atención. Se llama Silo. Ojos color miel. Alburera, inteligente, recia. Cubana venezolana. Presumía que todo su cuerpo eran prótesis.

“¿Cómo está?” me pregunta el taxista rumbo al aeropuerto. “Muy bien, gracias”. “Qué dicha”, termina. Bajamos la montaña y la ciudad se queda atrás. Un hombre chifla. En el camino está prohibida la vuelta en u. Desde el cielo, el terreno es un camino de volcanes. Algunos incendios y Ciudad de México. Otro ser que se transforma.